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¿Debe Ponerse Término a las Pruebas del Prójimo?

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Enviado por javier el Dom, 11/09/2016 - 21:04
Poner término al sufrimiento prójimo

 

  Al conocer la doctrina espírita y tener claro que las pruebas por la que pasamos son oportunidades para nuestra evolución y para la evolución del prójimo, podemos preguntarnos si debemos o podemos ayudar al prójimo cuando este sufre." data-share-imageurl="">

Author: 
Ivone Almeida
Date: 
Jueves, 8 Septiembre, 2016 - 20:00
Body: 

Poner término al sufrimiento prójimo

 

  Al conocer la doctrina espírita y tener claro que las pruebas por la que pasamos son oportunidades para nuestra evolución y para la evolución del prójimo, podemos preguntarnos si debemos o podemos ayudar al prójimo cuando este sufre.

  Los espíritus nos contesta en el Evangelio según el Espiritismo:

  “Os hemos dicho y repetido muchas veces que estáis en esta Tierra de expiación para poner fin a vuestras pruebas, y que todo lo que os sucede es la consecuencia de vuestras existencias anteriores, constituye el interés de la deuda que debéis pagar. No obstante, esa idea provoca en ciertas personas reflexiones que deben ser combatidas, porque podrían acarrear funestas consecuencias.

  Aclaramos que son las pruebas y expiaciones. Según el espíritu Emmanuel, la diferencia entre prueba y expiación está en que la prueba es la lucha que muestra, al discípulo rebelde y perezoso, la ruta del trabajo y de la edificación espiritual. La expiación, en cambio, es la pena impuesta al malhechor que ha cometido un delito.

Pero siempre debemos acordarnos que para la misericordia divina no existen la inflexibilidad ni la dureza, ya que , según sea la conducta del Espíritu encarnado, puede conceder dispensas a la ley, en beneficio del hombre, cuando su vida ponga ya de manifiesto ciertas expresiones del amor, que limpia a la multitud de los pecados. (preguntas 246 y 247 del libro El Consolador que Prometió Jesús).

  Bien es cierto de que el Espíritu elige ya en el estado errante, antes de volver a encarnar, las pruebas por las cuales quiere pasar, Dios lo permite al dejarnos con el libre albedrío. Dios le deja la responsabilidad completa de sus actos y de las consecuencias de estos. Así es la ley que Él estableció, nada sucede sin Su permiso. El Espíritu puede optar por seguir el camino del bien o el del mal. Pero se sucumbe, le queda un consuelo: no todo terminó para él, pues Dios, en su bondad, le deja la libertad para que recomience lo que hizo mal.

  Pero no se puede decir que todas las tribulaciones que experimentamos en la vida fueron previstas y elegidas por nosotros, ya que no podemos prever y elegir todo lo que nos sucede en el mundo, hasta las más mínimas cosas. Elegimos las clases de pruebas; los detalles son consecuencia de la posición en que os encontráis y, a menudo, de vuestras propias acciones. Si el Espíritu, por ejemplo, quiso nacer entre malhechores, sabía a qué tentaciones se exponía, pero ignoraba cada uno de los actos que llevaría a cabo. Esos actos son el efecto de su voluntad y de su libre albedrío. El Espíritu sabe que al elegir un camino tendrá que sufrir determinado tipo de lucha. Conoce, pues, la naturaleza de las vicisitudes con las que se encontrará, pero ignora si un acontecimiento se producirá antes que el otro. Los pormenores nacen de las circunstancias y de la fuerza de las cosas. Sólo se pueden prever los acontecimientos importantes, aquellos que influyen en el destino.

  El Espíritu puede elegir una prueba que sea superior a sus fuerzas, en cuyo caso sucumbe. Pero Dios sabe esperar; no apresura la expiación. Sin embargo, Él puede imponerle una existencia a un Espíritu cuando este, por su inferioridad o su mala voluntad, no es apto para comprender lo que sería mas saludable para sí mismo, y cuando ve que esa existencia puede servir para que el Espíritu se purifique y progrese, al mismo tiempo que encuentra en ella una expiación.

  En la tarea de nuestra redención, sea ella individual o colectiva, el dolor es siempre el elemento amigo e indispensable. Y la redención de un espíritu encarnado en la Tierra consiste en el rescate de todas sus deudas, con la consiguiente adquisición de valores morales pasibles de ser conquistados en las luchas del planeta, situación esta que eleva la personalidad espiritual a nuevos y más sublimes horizontes en la vida de lo Infinito.

  La ley de las pruebas es una de las mayores instituciones universales para la distribución de los dolores divinos.

  Necesitamos comprender esto y aceptar todos los dolores con nobleza de sentimientos.

  Sabemos que la Tierra es un planeta, un mundo de expiaciones y pruebas, pero que significa eso?

   Los mundos habitados se dividen en diferentes categorías, en cuanto el grado de adelanto o de inferioridad de sus habitantes, los diversos mundos se encuentran en condiciones muy diferentes unos de los otros.

  Aunque no se puede hacer una clasificación absoluta de los diversos mundos, es posible, conforme a su estado y a su destino, dividirlos de modo general en:

  • mundos primitivos – destinados a las primeras encarnaciones del alma humana;

  • mundos de expiaciones y de pruebas – donde el mal predomina;

  • mundos regeneradores – donde las almas que aún tienen que expiar adquieren nuevas fuerzas y descansan de las fatigas de la lucha;

  • mundos felices – donde el bien prevalece sobre el mal;

  • mundos celestiales o divinos – morada de los Espíritus purificados, donde el bien reina por completo.

   Así sabiendo que nuestro mundo es un mundo donde el mal predomina, no es mejor esparcir un poco de bien? En la forma de amor fraternal, ayudando a aquel que sufre?

  Algunos piensan que, desde el momento en que estamos en la Tierra para expiar, es necesario que las pruebas sigan su curso. Los hay también que llegan a creer que no solamente no debe hacerse nada para atenuarlas, sino que, por el contrario, se debe contribuir a que sean más provechosas, haciéndolas más pesadas aún. Es un gran error. En efecto, vuestras pruebas deben seguir el curso que Dios les ha trazado, pero ¿conocéis acaso ese curso? ¿Sabéis hasta qué punto deben llegar, y si vuestro Padre misericordioso no habrá dicho al sufrimiento de tal o cual de vuestros hermanos: “De aquí no pasarás”? ¿Sabéis si su providencia no os ha elegido, no como un instrumento de suplicio para agravar los padecimientos del culpable, sino como el bálsamo de consuelo que debe cicatrizar las llagas que su justicia abrirá? Por consiguiente, cuando veáis que alguno de vuestros hermanos sufre, no digáis: “Es la justicia de Dios, y es preciso que siga su curso”. Decid, por el contrario: “Veamos si mi consuelo moral, mi apoyo material y mis consejos pueden ayudarlo a sobrellevar esta prueba con más fortaleza, paciencia y resignación. Veamos, incluso, si Dios ha puesto en mis manos los medios para hacer cesar ese dolor; si me permite, también como prueba o quizás como expiación, poner fin al mal y reemplazarlo por la paz”.

   Si reflexionamos sobre esas enseñanzas, al mismo tiempo que nuestro hermano esta sufriendo, cumpliendo con su prueba, al ponerse junto a nosotros,  la oportunidad de ayudarlo, Dios esta poniéndonos la prueba de practicar la caridad, el amor, así ayudándonos evolucionar también, se puede decir que al ayudar al que sufre nos ayudamos, es un intercambio de amor y de ayuda mutua.

  Como nos enseña el Espíritu André Luiz:

  -¡Somos deudores unos de los otros! Mil lazos nos unen los corazones. Por el momento, no hay paraíso perfecto para quien vuelve de la Tierra, así como no existe purgatorio integral para quien regresa al remolino humano! El amor es la fuerza divina, alimentándonos en todos los sectores de la vida y nuestro mejor patrimonio es el trabajo con el que nos compite ayudarnos, mutuamente.(…)

  - Es por el trabajo – prosiguió el orientador – que nos despojamos, poco a poco, de nuestras imperfecciones. La Tierra, en su vieja expresión física, no es más que energía condensada en época inmemorial, agitada y transformada por el trabajo incesante, y nosotros, las criaturas de Dios, en los más diversos escalones de la etapa evolutiva, primoreamos facultades y crecemos en conocimiento y sublimación a través del servicio…. La lombriz, arrastrándose, trabaja en beneficio del terreno y de sí misma; el vegetal, respirando y dando frutos, ayuda a la atmosfera y se auxilia. El animal, en lucha perenne, es útil al sitio en que se desenvuelve, adquiriendo experiencias que le son valiosas, y nuestra alma, en constantes peregrinaciones, a través de formas diversas, conquista los valores indispensables para el sublime ascenso … ¡Somos hijos de la eternidad, en movimiento hacia la gloria de la verdadera vida y sólo por el trabajo, ajustado a la Ley Divina, alcanzaremos el objetivo real de nuestra marcha!

(…) Nuestra buena voluntad y nuestra aplicación a los designios divinos pueden abreviar cualquier tipo de servicio. Quien persiste en la dirección del bien alcanza antes la victoria.

  El sufrimiento es visto como una necesidad en ese planeta de expiaciones y pruebas, pero solamente en cuanto no nos ajustamos al Evangelio, que es Ley de la Vida. Con todo, no es sólo el sufrimiento el que redime: Jesús nos enseñó que el amor regenera a la criatura ante sus errores del pasado.

  Al lado de la ley según la cual nada queda impune delante de Dios, existe otra ley – la del amor – que preside, asesora y viabiliza el cumplimiento de la primera.

  Se  pueden preguntarse que si ¿Siendo el sufrimiento el correctivo de errores del pasado, no estaríamos impidiendo a aquél que sufre de saldar sus débitos, cuando nos proponemos aliviar sus dolores?

No, por cuanto nuestra ayuda no impedirá que se cumplan las pruebas de aquél que sufre. Al contrario, más allá de permitir que él las cumpla con suceso, nosotros también estaremos elevándonos, por la práctica del amor al prójimo.

 “El dolor es una ley de equilibrio y educación. Mas no por eso debemos pensar que los que sufren no deben ser socorridos. La ley mayor de la caridad nos obliga a

ayudar a los que sufren.” (Hermano Saulo / En la Era del Espíritu – nº 5.)  

  ¿Y esa ayuda fraternal, caritativa debe extenderse a todos, inclusive a los criminales o personas de mala índole?

  Sí, sin lugar a dudas,  nuestro gesto de caridad podrá ser el inicio de su recuperación. Muchos criminales del pasado son, hoy, por el mecanismo correctivo de la reencarnación, benefactores de la humanidad.

El criminal es criatura que se encuentra temporalmente apartada del camino del bien y que necesita, no del olvido, sino de la comprensión y auxilio de todos nosotros.   

  Hay ideas equivocadas de que el sufrimiento de la persona debe seguir su curso, ya que son pruebas y nada si puede hacer para amenizarlas, pero eso es un error, causado por el desconocimiento de la causa y finalidad del sufrimiento y la insensibilidad de las personas delante de los dolores del prójimo, trascurre de la ausencia del amor en sus corazones.

  Cuando nuestro comportamiento delante del prójimo es basado en el amor, no hay lugar para ponderaciones acerca de la causa y duración de su sufrimiento y una sola idea nos anima: la de auxiliarlo.

  Tenemos que saber que nuestra ayuda no cambiará el curso de las pruebas del prójimo, ya que  las mismas deben seguir el curso trazado por Dios. Eso, no obstante, no impide que las amenicemos a través de nuestra asistencia y dedicación. Además, es posible que aquellas pruebas lleguen más rápidamente a su término, en razón de nuestra ayuda.

  “Es verdad que el dolor extingue el mal y el llanto lava las tinieblas, mas la

indiferencia ante el dolor y el llanto del prójimo es también un mal que puede y

debe ser extinguido por la caridad.” (Autor, obra y mensaje citados).

  No somos quien para juzgar si perjudicamos o no a un hermano, la caridad debe estar por encima de todo.

  La justicia de Dios dispensa nuestra participación como justicieros. Mientras tanto, nuestro Padre, respetando nuestro libre albedrío, se aprovecha de nuestras iniquidades para acelerar nuestro progreso. Nunca, no obstante, permite él que persona alguna sufra injustamente y ningún agresor quede impune.

  Los daños y sufrimientos, que infligimos a nuestro prójimo, es evidente que

permiten a este el rescate de sus faltas y le acelera el progreso. Mas, no por eso,

Dios está de acuerdo con el que yerra, cuyas faltas, igualmente, no quedarán

impunes.

  Así pues, ayudaos siempre, mutuamente, en vuestras pruebas, y nunca os consideréis instrumentos de tortura. Esa idea debería sublevar al hombre de corazón, en especial al espírita, porque el espírita, mejor que cualquier otro, debe comprender la extensión infinita de la bondad de Dios. El espírita tiene la obligación de pensar que su vida entera debe ser un acto de amor y de abnegación, y que sea lo que fuere que haga para oponerse a las decisiones del Señor, la justicia de Él seguirá su curso. Puede, pues, sin temor, emplear todos los esfuerzos para atenuar la amargura de la expiación. Con todo, sólo a Dios le compete interrumpirla o prolongarla, según lo juzgue conveniente.

  ¿No existiría en el hombre un gran orgullo si creyera, por decirlo de algún modo, que tiene derecho a revolver el arma en la herida? ¿ A aumentarla dosis de veneno en el pecho del  que sufre, con el pretexto de que se trata de su expiación? ¡Oh! Consideraos siempre como un instrumento elegido para hacerla cesar. Resumamos: todos estáis en la Tierra para expiar; pero también todos, sin excepción, debéis esforzaros al máximo para aliviar la expiación de vuestros hermanos, de acuerdo con la ley de amor y caridad.

                                                                  ( Bernardin, Espíritu protector. Burdeos, 1863).

  CONCLUSÍON:

  Debemos utilizar todos los medios a nuestro alcance para suavizarles el sufrimiento a nuestro prójimo, conscientes de que, probablemente, aquél sufriente es alguien que Dios confió a nuestra protección, a fin de ejercitar la caridad, colocando para eso, los recursos en nuestras manos.

  “Socorriendo a los que sufren estamos tejiendo, en el telar de nuestro destino, los

hilos de la sensatez y de la bondad que nos preparan una túnica de luz para el

futuro.” (Autor, obra y mensaje citados).

Para finalizar esas bonitas palabras de André Luiz:

Siempre eres llamado

 

El cristiano es convocado a servir en todo lugar.

En la casa donde haya sufrimiento, proveerá consuelo.

En la caverna de la ignorancia aportará esclarecimiento.

En el castillo del placer enseñará la moderación.

En el abismo del crimen detendrá las caídas.

En el carruaje del abuso dará ejemplo de sobriedad.

En la madriguera de las tinieblas hará una luz.

En medio de la neblina del desaliento abrirá las puertas al buen animo.

En el infierno del odio multiplicará las bendiciones del amor.

En la plaza de la maldad distribuirá el bien.

En la residencia de la justicia se colocará en el lugar del reo, a fin de analizar los errores ajenos.

En cada recodo del camino encontraremos sugerencias del Señor que nos desafiarán a que prestemos sevicio.

                                                                      AGENDA CRISTIANA – Chico Xavier

Ivone Almeida

Poner término al sufrimiento prójimo

 

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