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Causas Actuales de las Aflicciones

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Enviado por javier el Sáb, 07/05/2016 - 10:11

Conferencia/Estudio

"Las vicisitudes de la vida son de dos clases, o si se quiere, tienen dos origenes muy diferentes que conviene distinguir: las unas tienen la causa en la vida presente, y las otras fuera de esta vida." data-share-imageurl="">

Author: 
Javier Rodríguez
Date: 
Jueves, 5 Mayo, 2016 - 20:00
Body: 

Conferencia/Estudio

"Las vicisitudes de la vida son de dos clases, o si se quiere, tienen dos origenes muy diferentes que conviene distinguir: las unas tienen la causa en la vida presente, y las otras fuera de esta vida.

Remontándonos al origen de los males terrestres, se reconocerá que muchos son consecuencia natural del carácter y de la conducta de aquellos que los sufren." El Evangelio según el Espiritismo; cap. V ítem 4

 

Señoras y Señores, queridos amigos y amigas buenas tardes, hoy estamos reunidos aquí en este salón de la Sociedad Espiritista Alicantina para profundizar, un poco más, en las enseñanzas de los Espíritus superiores recopiladas, comentadas y vertidas en el libro El Evangelio Según el Espiritismo de Allan Kardec. Este maravilloso libro hace un repaso de las enseñanzas morales de Jesús Cristo, recogidas de los Evangelios canónigos, y hoy, en concreto, vamos a analizar el tema Causas Actuales de las Aflicciones que encontramos en el capítulo V del libro citado, ítems 4 y 5.

Nuestro objetivo hoy va a ser intentar esclarecer el origen y las causas de los problemas, vicisitudes, fracasos económicos, enfermedades, disputas que nos afligen y perturban y vamos a ver como, en la mayoría de los casos, si somos sinceros con nosotros mismos, somos nosotros los causantes de nuestros males. Vamos a mostrar cómo proceder ante las mismas, como evitarlas y, sobre todo, vamos a ver cual es la finalidad de tantos males como sufrimos. Fin último que es ayudar a nuestro progreso espiritual enseñándonos que es lo que está bien y lo que está mal.

A lo largo de nuestra vida solemos pasar por diversas experiencias, unas placenteras, otras en las que lo pasamos realmente mal, en esas ocasiones pareciera que hemos sido abandonados por la gracia divina y nos preguntamos si existe Dios. Y, si existe, ¿porque permite que sus hijos, nosotros, padezcamos tantos sufrimientos, tantas amarguras? Tenemos tendencia a echar la culpa de nuestras desgracias a otros, a las circunstancias o a Dios y, como pudimos aprender en la última lección que nos ofreció nuestra compañera Teresa, Dios es Justo e imparcial y no permite, ni comete ninguna injusticia. Siempre hay una razón, aunque no la percibamos, para nuestros sufrimientos.

Esa razón puede originarse en esta vida presente o bien en otras pasadas. Somos constructores de nuestro destino y por lo tanto creamos nuestro futuro con los actos presentes, lo mismo que el presente de hoy es consecuencia de nuestros actos del pasado. Al actuar correctamente o negativamente hacia otras personas determinamos que retornen circunstancias felices o infelices hacia nosotros. Es la ley de acción y reacción que actúa en nuestras vidas.

Ante cualquier mal que nos aflige, debemos de pararnos y analizar fríamente y objetivamente las causas de ese mal. Debemos remontarnos en el tiempo y ver si realmente no hemos tenido alguna parte de culpa en el asunto. Si pudimos hacer algo más, o haber hecho esto otro, así veríamos que la mayoría de los males que nos cercan son consecuencia de un mal proceder nuestro. Por ejemplo, las peleas o discusiones ¿no tienen muchas veces su origen en el orgullo herido y la falta de moderación en el hablar y el actuar?; las enfermedades y dolencias ¿no son consecuencia la más de las veces de excesos de todas clases?; los accidentes de toda clase ¿no se podrían haber evitado siendo más prudentes y precavidos?; los malos hijos ¿no han estado faltos de una buena educación y ejemplo de sus padres?; las graves pérdidas económicas ¿no se hubiesen atenuadas con orden, previsión, moderación en el afán de riquezas y en la satisfacción de los deseos?

Así pues, si vemos que tenemos parte de culpa en las desgracias y problemas que sufrimos, entonces debemos humildemente reconocer nuestros errores e intentar corregirlos por nuestro propio bien, ya que será un problema sin resolver que tardará en solucionarse y probablemente nos vuelva a retornar en esta u otra vida. El pasado siempre vuelve.

(Comentar ejemplos de males que ocurren por nuestra incuria y por nuestra culpa.)

Se podría pensar que ese autoanálisis y continua vigilancia podría condicionar nuestra espontaneidad y naturalidad a la hora de actuar y de relacionarnos, podríamos parecer hipócritas y falsos, pero no es así, ya que esa espontaneidad no nos exime de la responsabilidad de nuestros actos. Es mejor actuar forzado, aunque parezca falso, con el tiempo y la práctica ese esfuerzo trae su recompensa. Además vigilando nuestros pensamientos y buscando adecuar nuestras acciones a las enseñanzas de Jesús, evitaremos muchos sinsabores. Debemos vigilar constantemente nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras acciones, para no caer en la repetición de un error.

Es en esa observación imparcial, en esa vigilancia íntima de nuestros pensamientos, sentimientos y actos es donde hallamos la solución a nuestros males presentes y futuros. Si estamos atentos a nuestro actuar y si tenemos presente en nuestra mente las enseñanzas y el ejemplo de Jesús-Cristo podemos estar prestos a corregirnos y a enmendar los errores cometidos.

Pero no basta con esa vigilancia íntima, ya que a veces no detectamos los fallos propios, por ello es tan necesario el conocimiento de uno mismo. Ya lo recomendaban los griegos “Conócete a ti mismo” tal como se leía en la entrada del templo de Apolo en Delfos. Y para ello nada mejor que seguir el consejo de San Agustín en El Libro de los Espíritus, preg. 919, donde nos recomienda hacer todos los días, antes de acostarse, un análisis profundo e imparcial del día transcurrido, observando nuestras acciones en las diversas situaciones vividas, haciéndonos preguntas y contestándolas de la manera la más sincera posible.

La ley humana alcanza muchas veces a los infractores de la misma, pero ella solo se ocupa de las faltas que son perjudiciales a la sociedad como el robo, la violencia física, el asesinato, etc., no se ocupa de los daños morales profundos e íntimos de las personas tales como la envidia, la maledicencia, el odio, el rencor, el sexo desequilibrado, tabaco, alcohol, drogas. Estos últimos nos dañan a nosotros y tienen sus consecuencias.

Dios quiere lo mejor para nosotros, quiere nuestro progreso hacia la perfección,  por ello no deja impune ninguna infracción a sus leyes. Por muy leve que sea nuestra falta tendrá que ser corregida en un futuro más o menos cercano, de ahí que suframos en forma de enfermedad, accidente, daño físico o moral las consecuencias de nuestros actos.

Esos sufrimientos son avisos de que hay algo que hemos hecho mal, y nos sirven para recapacitar y reflexionar sobre ello. Es una experiencia que nos servirá para no cometer el mismo error, para no reincidir si no queremos que la ley Divina nos vuelva a alcanzar. Sin ello nos sentiríamos impunes y libres para cometer las mismas infracciones, no habría corrección, ni lección aprendida de lo que está bien y está mal. Poco a poco, gracias a esas experiencias y lecciones aprendemos a ser, cada vez más, mejores personas y, en definitiva, mejores espíritus.

Pero ¿qué pasa cuando ya es demasiado tarde, cuando ya la enfermedad no tiene cura, cuando ya somos muy viejos y estamo sin fuerzas, cuando ya no podemos remediar el mal? ¿De qué habrá servido ese sufrimiento, si ya no podemos enmendar los errores cometidos? De nada sirve lamentarse, nada se pierde y es inútil en la naturaleza, todo se transforma y sirve para algo, y si ya no nos es útil en esta vida servirá para la próxima. Dios, en su infinita bondad, nos da la oportunidad de recomenzar en una nueva encarnación donde podremos aplicar lo aprendido y llevar a buen fin las resoluciones adquiridas. Es como en la película de “El día de la marmota”, donde el protagonista vuelve a vivir una y otra vez el mismo día, se encuentra con las mismas personas, vive las mismas experiencias, con la diferencia de que, al revés del protagonista, nosotros no tenemos el recuerdo claro de lo ocurrido ayer, solo intuiciones.

Para concluir diremos que un auto-análisis sincero revelará que, en la mayoría de las veces, somos los causantes de nuestros sufrimientos. Ellos existen para advertirnos que erramos y para que percibamos la diferencia entre el bien y el mal. Usemos, pues, esa experiencia para mejorarnos, teniendo como base las enseñanzas de Jesús.

Muchas gracias por vuestra atención y recordaros que el próximo jueves el tema a tratar será Causas Anteriores de las Aflicciones.

J. Rodríguez

 

Nota:

afligir

Del lat. affligĕre.

1. tr. Causar molestia o sufrimiento físico.

2. tr. Causar tristeza o angustia moral.

3. tr. Preocupar, inquietar. U. t. c. prnl.

4. prnl. Sentir sufrimiento físico o pesadumbre moral.

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"Las vicisitudes de la vida son de dos clases, o si se quiere, tienen dos origenes muy diferentes que conviene distinguir: las unas tienen la causa en la vida presente, y las otras fuera de esta vida." data-share-imageurl="">