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El Orgullo y la Humildad II

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Enviado por javier el Jue, 10/11/2016 - 21:08

Hoy, seguimos hablando sobre el orgullo y la humildad, y vamos a mostrar a qué vicios puede llevar el orgullo y cómo corregirse de ellos.

Para ello vamos a estudiar el mensaje del Adolfo, obispo de Argel en su última encarnación, recibido en Marmande, una ciudad del sur de Francia, en 1862." data-share-imageurl="">

Author: 
J. Rodríguez
Date: 
Miércoles, 2 Noviembre, 2016 - 20:30
Body: 

Hoy, seguimos hablando sobre el orgullo y la humildad, y vamos a mostrar a qué vicios puede llevar el orgullo y cómo corregirse de ellos.

Para ello vamos a estudiar el mensaje del Adolfo, obispo de Argel en su última encarnación, recibido en Marmande, una ciudad del sur de Francia, en 1862. Mensaje que se encuentra inserto en el libro “El Evangelio según el Espiritismo” de Allan Kardec, cap. VII, ítem 12. Y empieza diciendo:

Hombres, ¿por qué os quejáis de las calamidades que vosotros mismos habéis amontonado sobre vuestras cabezas? Habéis desconocido la santa y divina moral de Cristo; no os maravilleis, pues, que la copa de la iniquidad se haya desbordado por todas partes.”

Para los que no lo sepan la palabra iniquidad significa: maldad, injusticia grande.

La mayor parte de la veces nos lamentamos de las calamidades que asolan a la Tierra. Exceptuando las calamidades naturales, la mayoría de ellas han sido provocada por el ser humano. Guerras, hambrunas, pobreza, crisis económicas, gobiernos tiránicos, políticos corruptos, todo ello es consecuencia de la sociedad que hemos creado entre todos, de nuestra desidia, de nuestro mirar para otro lado cuando vemos un problema, una injusticia, de no implicarnos lo suficiente. No olvidemos también que hemos vivido muchas vidas, y que en la mayoría de ellas hemos cometido muchísimos errores, errores que han contribuido a la continuación del mal en nuestro planeta y a su situación actual.

Sin alejarnos de la sociedad occidental, que es la que conocemos más porque es la que tenemos más cerca, vamos a analizar algunas cosas junto con Emmanuel, espíritu guía de chico Xavier, extraídas del libro “Libro de la Esperanza” psicografiado por Chico XAVIER, en concreto del mens. 17 titulado “Supercultura”.

Gracias a la alfabetización y la instrucción la Humanidad se eleva por encima de la ignorancia y del embrutecimiento, pero es necesario reconocer que los mayores avances tecnológicos en la destrucción masiva del ser humano viene de los logros de la inteligencia sin educación moral.

La intelectualidad refinada entretejió laureles a la civilización, pero, por si sola, no consiguió, hasta hoy, frenar el poder de las sombras.

La supercultura, monumentalizó ciudades imponentes y desarrolló los ingenios que las arrasan. Construyó palacios flotantes y creó el torpedo que los hunde. Inventó los aviones que transportan a la gente en breve lapso de tiempo de una punta a otra del continente, y diseño al bombardero que destruye las casas.

Articuló maquinas que ayudan al bienestar en el hogar y no impide la obsesión que normalmente decurre del exceso de ocio.

Organizó eficientes hospitales, y, de cuando en cuando, los llena con mutilados y heridos provenientes de luchas fratricidas.

La cirugía alcanzó grandes avances en salvar vidas y mejoró las técnicas del aborto.

Realizamos incursiones en el espacio exterior, y utilizamos la misma técnica para conseguir aniquilamientos masivos gracias a los cohetes balísticos.

Iluminemos el raciocinio sin descuidar el sentimiento.

Burilemos el sentimiento sin despreciar el raciocinio.

Pero nuestro amigo Adolfo continua.

“El malestar se hace general, y ¿quién tiene la culpa sino vosotros mismos, que sin cesar procuráis destruiros unos a otros? No podéis ser felices sin mutua benevolencia. ¿Y puede existir la benevolencia con el orgullo? El orgullo: he aquí el origen de todos los males; trabajad para destruirlo, si no queréis ver cómo se perpetúan sus funestas consecuencias. Un sólo medio se os ofrece para esto, pero es infalible; es el tomar por regla invariable de vuestra conducta la ley de Cristo, ley que habéis rechazado o falseado en su interpretación.”

El orgullo es el origen de la mayoría de los males que nos acechan, el que hace que no perdonemos errores ajenos, que nos erijamos en jueces y verdugos, pero ¿Cómo combatir ese orgullo que nos domina? Hay un remedio, aunque trabajoso, pero muy efectivo, estudiando con humildad el Evangelio de Jesús, profundizando en sus enseñanzas, y procurando, sobre todo, vivenciar las enseñanzas contenidas en él. La humildad es el antídoto del orgullo, no lo dudéis.

Sigue Adolfo.

“¿Por qué tenéis en tan gran estima lo que brilla y encanta a la vista, más bien que lo que toca al corazón?”

Es verdad ¿Porqué será que nos fascina de tal manera el lujo y la opulencia? Ello es porqué aún no hemos trabajado lo suficiente en nosotros la humildad de corazón, aún no dejamos hipnotizar por el falso brillo de la falsa felicidad que creemos nos perdemos y a la cual creemos tener derecho, es como el oro de los idiotas que solo tiene su apariencia.

Y sigue.

“¿Por qué el vicio de la opulencia es el objeto de vuestras adulaciones, cuando sólo tenéis una mirada de desdén por el verdadero mérito en la obscuridad?”

¿Y cuáles son esos vicios de la opulencia causados por el orgullo? Es la pasión por los bienes materiales (coches, joyas, yate, jet privado, mansión), la envidia (por la posición social, económica, por la mujer), celos, egoísmo, excesos de todas clases, etc.

Cuando los vicios del orgullo se instalan en el corazón del hombre, la vida se vuelve un constante tormento. La constante insatisfacción invade nuestra mente, nunca estamos saciados, ni tenemos suficiente, es una constante desazón.

“Cuando un rico pervertido, perdido de cuerpo y alma, se presenta en alguna parte, se le abren todas las puertas, todas las consideraciones son para él, mientras que se desdeña conceder un saludo de protección al hombre de bien que vive de su trabajo. Cuando la consideración que se concede a las personas se estima por el peso del oro que poseen o por el nombre que llevan, ¿qué interés puede tenerse en corregirse de sus defectos?”

Nosotros tenemos parte de culpa en que el rico y orgulloso no haga nada por cambiar su forma de ser. Cuando adulamos y nos hacemos condescendientes con los vicios del rico por el solo hecho de serlo, él se siente reafirmado en su forma de actuar. Sin embargo condenamos los mismos vicios en en una persona con menos caché.

Tal como nos dice nuestro amigo obispo.

“De otro modo sucedería si el vicio dorado fuese castigado por la opinión como lo es el vicio andrajoso: pero el orgullo es indulgente para todo lo que le adula.”

Y sigue.

“Siglo de codicia y de dinero, decís; sin duda que lo es, pero, ¿por qué habéis dejado que las necesidades materiales tomasen imperio sobre el buen sentido y la razón? ¿Por qué quiere cada cual sobreponerse a su hermano? Por eso la sociedad sufre hoy las consecuencias de todo esto.”

Este mensaje fue dado hace ya más de 150 años, y vemos como entonces la gente se quejaba de los mismos males de ahora. Hay que reconocer que no hemos avanzado mucho, pero algo hemos avanzado, gracias a Dios. Cuando la mayoría de los que componemos la sociedad nos preocupamos más en nuestro propio y exclusivo bienestar, cuando envidiamos a los poderosos y disculpamos sus desvíos del bien, que podemos esperar de los que nos gobiernan que son el reflejo de la mayoría.

Adolfo nos sigue diciendo.

No olvidéis que tal estado de cosas es siempre una señal de decadencia moral. Cuando el orgullo llega a los últimos límites, es indicio de una caída próxima porque Dios hiere siempre a los soberbios. Si algunas veces les deja subir, es para darles lugar a reflexionar y enmendarse bajo los golpes que de tiempo en tiempo se dirigen a su orgullo para avisarles; pero en vez de humillarse, se rebelan, y entonces, cuando está llena la medida, les abate en seguida y su caída es tanto más terrible cuanto más alto han subido.

Entonces ¿Qué ocurre cuando el orgullo llega a un grado extremo?

Se tiene el indicio de una caída próxima, pues la misma soberbia y los excesos llevan a la caída. Y cuanto mayor es la soberbia de un orgulloso, más dura es su caída.

¡Pobre raza humana, cuyo egoísmo ha corrompido todos los senderos!, reanimate, sin embargo; Dios, en su misericordia infinita, envía un poderoso remedio a tus males, un socorro inesperado a tu necesidad. Abre los ojos a la luz; he aquí que las almas de los que no existen vienen a recordarte tus verdaderos deberes;”

Aquí, Adolfo hace referencia a la doctrina espírita, cuya fuente de conocimiento se basa en las numerosísimas comunicaciones transmitidas a través de los años y mediante diversos medios, que vienen a recordarnos nuestros deberes como hijos de Dios. Deberes que nos recomendó Jesús.

“... ellas te dirán, con la autoridad de la experiencia, cuán poca cosa son las vanidades y las grandezas de vuestra pasajera existencia con respecto a la eternidad; te dirán que el más grande será el que fué más humilde entre los pequeños de la tierra; que el que ha amado más a sus hermanos es también el que será más amado en el cielo; que los poderosos de la tierra si abusaron de su autoridad, serán obligados a obedecer a sus servidores; que la caridad y la humildad, en fin, esas dos hermanas que se dan la mano, son los títulos más eficaces para obtener gracia ante el Eterno.” (Adolfo, obispo de Argel. Marmande, 1862).

Pero nos cabe la pregunta del millón ¿El orgullo dejará, un día, de ser un mal en la sociedad? Y la respuesta es sí. A los que no atendieron las llamadas fraternas del Evangelio, la justicia divina reserva procesos dolorosos de corrección, mediante una reencarnación adecuada. Como se nos dijo más atrás: “Dios nunca deja de castigar a los soberbios. Si, a veces, consiente que ellos suban es para darles tiempo a la reflexión y a que se enmienden”. Y esa reencarnación, bien puede ser aquí, en la Tierra, o en otro planeta adecuado a su necesidad de corrección, como está ocurriendo en estos momentos. Muchos de los que desencarnan son trasladados a otro planeta, tal como ocurrió en su día con los exiliados de Capela.

Y ¿Qué debemos hacer para tener la conciencia tranquila, para actuar de forma correcta y adecuada a las Leyes Divinas?

Pues, muy sencillo, debemos ser caritativos y humildes para con el prójimo. Porque tal como nos enseñó Jesús el Cristo, el más humilde entre los pequeños de éste mundo, será el mayor en la eternidad.

Pero, ¿Y las posiciones sociales destacables? ¿son condenables?

Pues, no. Ellas son naturales en la sociedad en que vivimos y ofrecen ocasión para que superiores e inferiores, en la escala social, guarden relación fraterna y mantengan respeto recíproco. Lo que es condenable, son los abusos de aquellos que ocupan tales posiciones.

Todas las distinciones sociales, los títulos y las ventajas de la fortuna, se miden por su justo valor. Pero todos los hombres son iguales delante del peligro, del sufrimiento y de la muerte.

Conclusión:

A nadie le es impedido corregirse de los vicios oriundos del orgullo. El Evangelio es el derrotero de luz en forma de bendiciones a todas las criaturas de buena voluntad. A los recalcitrantes, el tiempo y el dolor le servirán de remedio.

J. Rodríguez

 

Fuentes:

Kardec, Allan. El Evangelio según el Espiritismo, cap. VII ítem 12.

Fundación Allan Kardec. Estudio sistematizado de “El Evangelio según el Espiritismo”, cap. VII, unidad 31.

XAVIER, Francisco C. Supercultura; mens. 17. Libro de la Esperanza. Dictado por el espíritu Emmanuel.

 

Hoy, seguimos hablando sobre el orgullo y la humildad, y vamos a mostrar a qué vicios puede llevar el orgullo y cómo corregirse de ellos.

Para ello vamos a estudiar el mensaje del Adolfo, obispo de Argel en su última encarnación, recibido en Marmande, una ciudad del sur de Francia, en 1862." data-share-imageurl="">