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Hacer el Bien sin Ostentación - EESE

Mano extendida hacia el horizonte

1. “Tened cuidado de no practicar las buenas obras delante de los hombres para que estos las vean, de lo contrario no recibiréis la recompensa de vuestro Padre que está en los Cielos. Por lo tanto, cuando des limosna, no hagas sonar la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres." data-share-imageurl="">

Autor: 
SEA
Fecha: 
Jueves, 4 Octubre, 2018

Mano extendida hacia el horizonte

1. “Tened cuidado de no practicar las buenas obras delante de los hombres para que estos las vean, de lo contrario no recibiréis la recompensa de vuestro Padre que está en los Cielos. Por lo tanto, cuando des limosna, no hagas sonar la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. En verdad os digo, que ellos ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha; para que la limosna permanezca en secreto, y tu Padre, que ve lo que ocurre en secreto, te recompensará.” (San Mateo, 6:1 a 4.)

2. Cuando Jesús descendió del monte, lo siguió una gran multitud. En ese momento, un leproso fue a su encuentro y lo adoró, diciendo: “Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió su mano, lo tocó y dijo: “Quiero, queda curado”. Y al instante la lepra fue curada. Entonces Jesús le dijo: “Mira, no se lo digas a nadie; sino ve a mostrarte ante los sacerdotes, y presenta la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio”. (San Mateo, 8:1 a 4.)

3. Hacer el bien sin ostentación es un gran mérito; ocultar la mano que da es más meritorio aún. Esto último constituye la señal indiscutible de una importante superioridad moral, porque para ver las cosas desde un punto de vista más elevado que el del común de las personas, es preciso hacer abstracción de la vida presente e identificarse con la vida futura. En una palabra, es necesario ubicarse por encima de la humanidad, a fin de renunciar a la satisfacción que deriva del testimonio de los hombres, y mantenerse en espera de la aprobación de Dios. Aquel que prefiere la adhesión de los hombres antes que la adhesión divina, demuestra que tiene más fe en aquellos que en Dios, y que atribuye más valor a la vida presente que a la vida futura, o incluso que no cree en la vida futura. Aunque manifieste lo contrario, procede como si no estuviera convencido de lo que dice.

¡Cuántos hay que sólo dan con la expectativa de que quien recibe proclame por todas partes el beneficio que ha recibido! ¡Cuántos hay que públicamente donarían grandes sumas, pero que a escondidas no darían ni una sola moneda! Por ese motivo Jesús expresó: “Quienes hacen el bien con ostentación ya han recibido su recompensa”. En efecto, aquel que busca ser alabado en la Tierra por el bien que practica, ya se pagó a sí mismo. Dios no le debe nada más. Sólo le queda recibir una sanción por su orgullo.

Que la mano izquierda no sepa lo que da la mano derecha es una imagen que caracteriza admirablemente la beneficencia hecha con modestia. Con todo, si bien existe la modestia verdadera, también existe la falsa modestia, el simulacro de la modestia. Hay personas que ocultan la mano que da, pero que tienen el cuidado de dejar una parte a la vista, y miran alrededor suyo para verificar si alguien los ha visto ocultarla. ¡Es una indigna parodia de las máximas de Cristo! Si los benefactores orgullosos son despreciados entre los hombres, ¡qué no sucederá delante de Dios! También ellos ya han recibido su recompensa en la Tierra. Los han visto, y están satisfechos por ello. Eso es todo lo que tendrán.

¿Cuál será, entonces, la recompensa de aquel que hace pesar sus beneficios sobre quien los recibe, que en cierto modo lo obliga a dar muestras de reconocimiento, que le hace notar su posición al realzar el precio de los sacrificios que se impone para beneficiarlo? ¡Oh! Para ese ni siquiera existe una recompensa terrenal, porque se ve privado de la tierna satisfacción de oír que bendicen su nombre, y ese es el primer castigo para su orgullo. Las lágrimas que enjuga por vanidad, en vez de ascender hacia el Cielo, caen sobre el corazón del afligido y le provocan una llaga. El bien que practicó no le produce provecho alguno, pues se lamenta de haberlo realizado. En esas condiciones, el beneficio es como una moneda falsa: no tiene valor.

La beneficencia practicada sin ostentación es doblemente meritoria. Además de ser caridad material, es caridad moral, pues protege la susceptibilidad del beneficiado, le hace aceptar el beneficio sin afectar a su amor propio, y salvaguarda su dignidad humana, ya que aceptar un servicio es muy distinto que recibir una limosna. Ahora bien, quien convierte el servicio en limosna, por la manera en que lo presta, humilla a quien lo recibe, y siempre hay orgullo y maldad cuando se hace objeto de humillación a un semejante. La verdadera caridad, por el contrario, es delicada, y se las ingenia para disimular el beneficio y evitar incluso las simples apariencias que pudieran causar alguna molestia, dado que las dificultades morales aumentan el sufrimiento generado por la necesidad. La verdadera caridad sabe encontrar palabras tiernas y afectuosas que predisponen favorablemente al beneficiado en relación con el benefactor, mientras que la caridad orgullosa lo abruma. La auténtica generosidad llega a lo sublime cuando el benefactor invierte los roles y encuentra medios para presentarse como beneficiado ante aquel a quien presta su servicio. Ese es el significado de las palabras: “No sepa la mano izquierda lo que da la derecha”.

Karec, Allan. El Evangelio según el Espiritismo.

Cap. XIII, ítems 1 al 3.

CONCLUSIÓN

Hacer el bien es un deber de todos nosotros. Por tanto, no hay razón para buscar aplausos para nuestros actos. El verdadero bien actúa en silencio, con la aprobación agradecida del beneficiado, el agrado de Dios y la satisfacción interior de quien lo practica.

FUENTE BÁSICA

KARDEC, Allan. El Evangelio según el Espiritismo. Cap. XIII, ítems 1 al 3.

FUENTES COMPLEMENTARIAS 

1. XAVIER, Francisco C. Beneficencia y Justicia; mens. 30. El Libro de la Esperanza. Por el espíritu Emmanuel.

2. ____¿Dónde está el reposo?; mens. 11. Sígueme... Por el espíritu Emmanuel.

3. ____Reparemos nuestras manos; Palabras de Vida Eterna. Por el espíritu Emmanuel.

4. ____Manos en Servicio; mens. 147.

5. XAVIER, Francisco C. y VIEIRA, Waldo. Beneficio Oculto. Mens. 79. El Espíritu de la Verdad. Por el espíritu André Luiz.

6. ROUSTAING, J. B. Humildad y desinterés - Secreto en la práctica de las buenas obras. Los Cuatro Evangelios.

Mano extendida hacia el horizonte

1. “Tened cuidado de no practicar las buenas obras delante de los hombres para que estos las vean, de lo contrario no recibiréis la recompensa de vuestro Padre que está en los Cielos. Por lo tanto, cuando des limosna, no hagas sonar la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres." data-share-imageurl="">