Usted está aquí

Infortunios Ocultos - EESE

Author: 
Lucas Pretti
Date: 
Jueves, 18 Octubre, 2018 - 20:00
Imagen: 
Niño llorando
Body: 

Los Infortunios Ocultos

4. En medio de las grandes calamidades, la caridad se conmueve, y es posible observar generosos impulsos destinados a reparar los desastres. No obstante, a la par de esos desastres generales, existen miles de desastres individuales que pasan desapercibidos, tales como los de las personas que yacen postradas en un camastro, sin quejarse. Esos infortunios discretos y ocultos son los que la verdadera
generosidad sabe descubrir, sin esperar que le reclamen su atención.

¿Quién es esa mujer de aspecto distinguido, ataviada con sencillez aunque con esmero, que se hace acompañar por una jovencita vestida también modestamente? Entra en una vivienda de sórdida apariencia, en la que sin duda la conocen, pues cuando ingresa la saludan con respeto. ¿A dónde se dirige? Sube hasta el desván, donde yace una madre de familia, rodeada de niños pequeños. Su llegada
hace brillar la alegría en aquellos rostros demacrados. Es porque fue a aliviar todos sus dolores. Lleva lo que necesitan, sazonado con palabras tiernas y consoladoras, que hacen que sus protegidos, que no son profesionales de la mendicidad, acepten el beneficio sin sonrojarse. El padre está en el hospital, y en tanto aquel permanece allí, la madre  no consigue abastecer sus necesidades. Gracias a esa buena mujer, aquellos pobres niños ya no sentirán frío ni hambre, concurrirán a la escuela con abrigo y, para los más pequeños, el seno que los amamanta no habrá de secarse. Si alguno de ellos se enferma, no le faltarán los cuidados materiales que pudiera necesitar. De ahí, la benefactora se dirige al hospital, para llevar al padre un poco de aliento, y tranquilizarlo sobre el estado de la familia. En la esquina la espera un carruaje, un verdadero almacén con todo lo que destina a sus protegidos, que reciben sucesivamente su visita. No les pregunta cuál es la creencia que profesan, ni cuáles son sus puntos de vista, pues para ella todos los hombres son hermanos e hijos de Dios. Concluido el recorrido, se dice a sí misma: “Comencé bien mi día”. ¿Cuál es su nombre? ¿Dónde vive? Nadie lo sabe. Para los desdichados es un nombre que nada sugiere. No obstante, es el ángel de la consolación. Por la noche, un concierto de bendiciones en su favor se eleva hacia el Creador: católicos, judíos, protestantes, todos la bendicen.

¿Por qué usa ese traje tan sencillo? Para no ofender a la miseria con su lujo. ¿Por qué se hace acompañar de su joven hija? Para enseñarle cómo se debe practicar la beneficencia. También su hija quiere hacer la caridad, pero ella le dice: “¿Qué puedes dar, hija mía, si no tienes nada que te pertenezca? Si yo pusiera alguna cosa en tus manos para que la des a otros, ¿cuál será tu mérito? En realidad, seré yo quien haga la caridad. ¿Qué merecimiento tendrías por eso? No es lo justo. Cuando visitamos a los enfermos tú me ayudas a atenderlos. Ahora bien, dispensar cuidados ya es dar algo. ¿Consideras que no es suficiente? Nada hay más sencillo: aprende a realizar tareas manuales, y confeccionarás prendas de vestir para esos niños. De esa manera darás algo que provendrá de ti misma”. Así, aquella madre auténticamente cristiana forma a su hija en la práctica de las virtudes que Cristo enseñó. ¿Es espírita? ¡Qué importancia tiene eso!

En su ambiente, es una mujer mundana, porque su posición lo requiere. No obstante, allí ignoran lo que hace, porque ella no busca otra aprobación que no sea la de Dios y la de su propia conciencia. En cierta ocasión, una circunstancia fortuita conduce a su casa a una de sus protegidas, que vendía manualidades. Cuando esta la ve, reconoce a su benefactora, y la señora le ordena: “¡Guarda silencio! No se lo digas a nadie”. Del mismo modo se expresaba Jesús.

Kardec, Allan. El Evangelio según el Espiritismo. Cap. XIII, ítem 4.

Caridad y Amor al Prójimo

886. ¿Cuál es el verdadero sentido de la palabra caridad, tal como Jesús la entendía?

“Benevolencia para con todos, indulgencia para con las imperfecciones de los demás, perdón de las ofensas.”

El amor y la caridad son el complemento de la ley de justicia, porque amar al prójimo es hacerle todo el bien que nos es posible y que querríamos que se nos hiciese a nosotros mismos. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: Amaos los unos a los otros como hermanos[1].

La caridad, según Jesús, no se limita a la limosna: abarca todas las relaciones con nuestros semejantes, sean ellos inferiores, iguales o superiores a nosotros. La caridad nos ordena ser indulgentes, porque también nosotros necesitamos la indulgencia de los demás. La caridad nos prohíbe humillar a los desdichados, contrariamente a lo que se hace tan a menudo. Si ante nosotros se presentara una persona rica, le dispensaríamos mil consideraciones y deferencias. Si fuera pobre, no nos parecería necesario preocuparnos por ella. Por el contrario, cuanto más digna de lástima sea su situación, tanto más debemos precavernos de no aumentar su desdicha con un trato humillante. El hombre verdaderamente bueno se esfuerza por elevar al inferior a su propio nivel, para disminuir de ese modo la distancia que existe entre ambos.

887. Jesús también ha dicho: Amad a vuestros enemigos[2]. Ahora bien, el amor a nuestros enemigos, ¿no es contrario a nuestras tendencias naturales? Y la enemistad, ¿no proviene de la falta de simpatía entre los Espíritus?

“No cabe duda de que no se puede sentir por los enemigos un amor tierno y apasionado. No es eso lo que Jesús quiso decir. Amar a los enemigos significa perdonarlos y devolverles bien por mal. De ese modo nos hacemos superiores a ellos, mientras que con la venganza nos colocamos por debajo.”

888. ¿Qué pensar de la limosna?

“El hombre reducido a pedir limosna se degrada moral y físicamente; se embrutece. En una sociedad basada en la ley de Dios y en la justicia es necesario proveer a la vida del débil sin humillarlo. Esa sociedad debe garantizar la existencia de los que no pueden trabajar, sin dejar su vida a merced del acaso y de la buena voluntad.”

[888a] - Entonces, ¿reprobáis la limosna?

“No; lo reprobable no es la limosna, sino la forma de darla. El hombre de bien, que entiende la caridad según Jesús, va al encuentro del desdichado sin esperar a que este le tienda la mano.

”La verdadera caridad es siempre buena y benevolente. Radica tanto en la manera de hacerla como en el acto en sí. Un servicio que se presta con delicadeza vale el doble. En cambio, si se lo hace con altanería, puede que la necesidad de quien lo recibe haga que lo acepte, pero su corazón se conmoverá poco.

”Recordad también que la ostentación quita, ante Dios, el mérito del beneficio. Jesús dijo: Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha[3]. Con ello os enseña a no empañar la caridad con el orgullo.

”Es preciso distinguir la limosna, propiamente dicha, de la beneficencia. El más necesitado no siempre es el que pide. El temor a la humillación detiene al verdadero pobre, que a menudo sufre sin quejarse. A este es a quien el hombre realmente humanitario sabe ir a buscar sin ostentación.

”Amaos los unos a los otros: esta es toda la ley. Ley divina mediante la cual Dios gobierna los mundos. El amor es la ley de atracción para los seres vivos y organizados. La atracción es la ley del amor para la materia inorgánica.

”Nunca olvidéis que el Espíritu, sean cuales fueren su grado de adelanto y su situación - reencarnado o en la erraticidad-, se encuentra siempre entre un superior que lo guía y perfecciona, y un inferior para con el cual tiene que cumplir esos mismos deberes. Por consiguiente, sed caritativos, no sólo con esa caridad que os hace sacar del bolsillo el óbolo que fríamente dais a quien se atreve a pedíroslo, sino también con la que os lleva al encuentro de las miserias ocultas. Sed indulgentes para con los defectos de vuestros semejantes. En vez de despreciar la ignorancia y el vicio, instruidlos y moralizadlos. Sed afables y benévolos para con todo lo que os sea inferior. Haced lo mismo en relación con los seres más ínfimos de la creación, y habréis obedecido a la ley de Dios.”

SAN VICENTE DE PAUL.

Kardec, Allan. El Libro de los Espíritus. Preg. 886 a 888.

 




[1] Véase San Juan 13:34.]

[2] Véase San Mateo 5:44; San Lucas 6:27 y 35.

[3] Véase San Mateo 6:3.