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Destrucción Necesaria o Abusiva - ESDE

728. La destrucción, ¿es una ley de la naturaleza?

“Es necesario que todo se destruya para que renazca y se regenere. Porque lo que vosotros llamáis destrucción no es más que una transformación, cuyo objetivo es la renovación y el mejoramiento de los seres vivos.”

 [728a] - Así pues, el instinto de destrucción, ¿habría sido dado a los seres vivos con miras providenciales?

“Las criaturas de Dios son los instrumentos de que Él se sirve para alcanzar sus fines." data-share-imageurl="">

Destruccion Necesaria o Abusiva

728. La destrucción, ¿es una ley de la naturaleza?

“Es necesario que todo se destruya para que renazca y se regenere. Porque lo que vosotros llamáis destrucción no es más que una transformación, cuyo objetivo es la renovación y el mejoramiento de los seres vivos.”

 [728a] - Así pues, el instinto de destrucción, ¿habría sido dado a los seres vivos con miras providenciales?

“Las criaturas de Dios son los instrumentos de que Él se sirve para alcanzar sus fines. Para alimentarse, los seres vivos se destruyen mutuamente, y lo hacen con un doble objetivo: mantener el equilibrio en la reproducción -la cual podría volverse excesiva- y utilizar los despojos de la envoltura exterior. No obstante, lo que siempre se destruye es dicha envoltura, que sólo constituye el accesorio y no la parte esencial del ser pensante. La parte esencial es el principio inteligente, que es indestructible y que se elabora en el transcurso de las diferentes metamorfosis que experimenta.”

730. Dado que la muerte habrá de conducirnos a una vida mejor y nos liberará de los males de esta vida, razón por la cual es más de desear que de temer, ¿por qué el hombre siente por ella un horror instintivo, que hace que le tenga aprensión?

“Lo hemos dicho: el hombre debe tratar de prolongar su vida para cumplir su tarea. Por eso Dios le ha dado el instinto de conservación, y ese instinto lo sostiene en las pruebas. De lo contrario, muy a menudo se dejaría llevar por el desaliento. La voz secreta que le hace rechazar la muerte le dice que todavía puede hacer algo por su adelanto. Cuando un peligro lo amenaza, se trata de una advertencia para que aproveche el tiempo que Dios le concede. Con todo, el ingrato suele agradecer más a su estrella que a su Creador.”

735. ¿Qué pensar de la destrucción que excede los límites de las necesidades y de la seguridad; de la caza, por ejemplo, cuando su único objetivo es el placer de destruir, sin utilidad alguna?

“Predominio de la bestialidad sobre la naturaleza espiritual. Toda destrucción que rebase los límites de la necesidad es una violación de la ley de Dios. Los animales sólo destruyen para proveer a sus necesidades. El hombre, en cambio, que posee librealbedrío, lo hace sin necesidad. Tendrá que dar cuenta del abuso de la libertad que se le ha concedido, porque en esos casos cede a los malos instintos.”

 

El Libro de los Espíritus. Allan Kardec.

 

2. El miedo a la muerte es un efecto de la sabiduría de la Providencia y una consecuencia del instinto de conservación común a todos los seres vivos. Ese miedo es necesario mientras el hombre no está suficientemente esclarecido acerca de las condiciones de la vida futura, como contrapeso al impulso que, sin ese freno, lo llevaría a dejar prematuramente la vida terrenal, así como a descuidar el trabajo que debe servirle para su propio progreso. A eso se debe que, en los pueblos primitivos, el porvenir sea apenas una vaga intuición; con posterioridad se convierte en una simple esperanza y, por último, en una certeza, aunque siga neutralizada por un secreto apego a la vida corporal.

3. A medida que el hombre comprende mejor la vida futura, el miedo a la muerte disminuye. Asimismo, cuando comprende mejor su misión en la Tierra, aguarda su fin con más calma, con resignación y sin temor. La certeza en la vida futura le da otro curso a sus ideas, otro objetivo a sus actividades. Antes de que tuviera esa certeza, sólo se ocupaba de la vida actual. Luego de haberla adquirido, trabaja con vistas al porvenir, pero sin descuidar el presente, porque sabe que su porvenir depende de la buena o mala dirección que imprima a su vida actual. La certeza de que volverá a encontrar a sus amigos después de la muerte, de que reanudará las relaciones que tuvo en la Tierra, de que no perderá un solo fruto de su trabajo, de que crecerá sin cesar tanto en inteligencia como en perfección, le da paciencia para esperar y valor para soportar las fatigas momentáneas de la vida terrenal. La solidaridad  que ve establecerse entre los vivos y los muertos le hace comprender la que debe existir en la Tierra, entre los vivos. A partir de entonces, la fraternidad adquiere una razón de ser, y la caridad encuentra su objetivo, tanto en el presente como en el porvenir.

4. Para liberarse del miedo a la muerte es necesario que el hombre la encare desde su verdadero punto de vista, es decir, que haya penetrado con el pensamiento en el mundo espiritual y que se haya formado de él una idea tan exacta como le sea posible, lo que denota de parte del Espíritu encarnado un cierto desarrollo y la aptitud para desprenderse de la materia. En quienes no han progresado lo suficiente, la vida material prevalece sobre la espiritual. Dado que el hombre se apega a lo exterior, sólo distingue la vida del cuerpo, mientras que la vida real reside en el alma. Cuando el cuerpo muere, todo le parece perdido, y se desespera. En cambio, si en lugar de concentrar el pensamiento en la vestimenta exterior lo fijara en la fuente misma de la vida, en el alma, que es el ser real que sobrevive a todo, lamentaría menos la pérdida del cuerpo, fuente de tantas miserias y dolores. Sin embargo, para eso el Espíritu necesita una fuerza que sólo puede adquirir con la madurez.

El miedo a la muerte proviene, por consiguiente, de una noción incompleta acerca de la vida futura, aunque también pone en evidencia la necesidad de vivir y el temor de que la destrucción del cuerpo constituya el fin de todo. Así, ese miedo es provocado por el secreto deseo de la supervivencia del alma, velado todavía por la incertidumbre. El miedo decrece a medida que la certeza va en aumento, y desaparece cuando la certeza es absoluta. Allí encontramos el aspecto providencial de la cuestión. Era prudente no deslumbrar al hombre, cuya razón no estaba todavía bastante firme para afrontar la perspectiva demasiado positiva y seductora de un porvenir que habría hecho que descuidara el presente, necesario para su adelanto material e intelectual.

Temor a la Muerte. El Cielo y el Infierno. Allan Kardec.

20. La destrucción recíproca de los seres vivos es una de las leyes de la naturaleza que, a primera vista, no parece concordar demasiado con la bondad de Dios. Uno se pregunta por qué Dios

les impuso la necesidad de que se destruyan mutuamente para alimentarse unos a costa de otros.

En efecto, para quien sólo ve la materia, y restringe su visión a la vida presente, aquello parece una imperfección en la obra divina. De ahí, los incrédulos concluyen que Dios no es perfecto y que, por esa razón, Dios no existe. Eso se debe a que juzgan la perfección de Dios desde su punto de vista; miden la sabiduría divina de acuerdo con el propio juicio que se forman de ella, y suponen que Dios no podría hacer las cosas mejor de lo que ellos mismos las harían. Como la limitada visión de que disponen no les permite apreciar el conjunto, no comprenden que un bien real pueda provenir de un mal aparente. Sólo el conocimiento del principio espiritual, considerado en su verdadera esencia, así como el de la gran ley de unidad que constituye la armonía de la Creación, pueden otorgarle al hombre la clave de ese misterio, para mostrarle la sabiduría providencial y la armonía precisamente allí donde sólo ve una anomalía y una contradicción. Sucede con esta verdad lo mismo que con tantas otras: el hombre solamente está apto para sondear ciertas profundidades cuando su Espíritu ha alcanzado un grado suficiente de madurez.

 

23. Existen también consideraciones morales de un orden más elevado.

La lucha es necesaria para el desarrollo del Espíritu. En la lucha ejercita sus facultades. El que ataca en busca del alimento, y el que se defiende para conservar la vida, emplean la astucia y la inteligencia, incrementando de ese modo sus fuerzas intelectuales.

Uno de los dos sucumbe; pero ¿qué fue lo que, en realidad, el más fuerte o el más hábil le quitó al más débil? La vestimenta de carne, nada más. El Espíritu, que no ha muerto, tomará otro cuerpo más adelante.

 

24. En los seres inferiores de la Creación, en aquellos a los que les falta el sentido moral, en los cuales la inteligencia todavía no ha sustituido al instinto, la lucha no puede tener por objetivo más que la satisfacción de una necesidad material. Ahora bien, una de las necesidades materiales más imperiosa es la de la alimentación.

Ellos, pues, luchan únicamente para vivir, es decir, para obtener o defender una presa, ya que no podría impulsarlos un motivo más elevado. En ese primer período, el alma se elabora y se prepara para la vida. Cuando el alma alcanza el grado de madurez necesario para su transformación, recibe de Dios nuevas facultades: el libre albedrío y el sentido moral -la chispa divina, en una palabra-, que imprimen un nuevo curso a sus ideas, y la dotan de nuevas aptitudes y nuevas percepciones.

Con todo, las nuevas facultades morales de que el alma está dotada, solo se desarrollan gradualmente, porque nada es brusco en la naturaleza. Hay un período de transición en el que el hombre apenas se diferencia de los irracionales. En las primeras edades domina el instinto animal, y el motivo de la lucha sigue siendo la satisfacción de las necesidades materiales. Más tarde, el instinto animal y el sentimiento moral se equilibran. Entonces, el hombre lucha, ya no para alimentarse, sino para satisfacer su ambición, su orgullo y la necesidad de dominar. Para eso, todavía necesita destruir. Sin embargo, a medida que el sentido moral obtiene preponderancia, se desarrolla la sensibilidad, y la necesidad de destrucción disminuye hasta que acaba por desaparecer, porque se vuelve detestable: el hombre tiene horror a la sangre.

Con todo, la lucha siempre es necesaria para el desarrollo del Espíritu, pues incluso una vez que ha llegado a ese punto que nos parece culminante, todavía está lejos de ser perfecto. Sólo a costa de su actividad conquista conocimientos, experiencia, y se despoja de los últimos vestigios de la animalidad. No obstante, en esas circunstancias, la lucha, que antes era sangrienta y brutal, se vuelve puramente intelectual. El hombre lucha contra las dificultades, ya no contra sus semejantes 11.

11. Esta cuestión se vincula con la de las relaciones entre la animalidad y la humanidad, que no es menos importante, y acerca de la cual trataremos más adelante. Apenas quisimos demostrar, mediante esta explicación, que la destrucción mutua de los seres vivos en nada invalida la sabiduría divina, y que todo se encadena en las leyes de la naturaleza. Esa concatenación se quiebra necesariamente si se prescinde del principio espiritual. Muchas cuestiones permanecen insolubles porque se toma en cuenta solamente la materia. (N. de Allan Kardec.)

 

El Bien y el Mal. La Génesis. Allan Kardec.

728. La destrucción, ¿es una ley de la naturaleza?

“Es necesario que todo se destruya para que renazca y se regenere. Porque lo que vosotros llamáis destrucción no es más que una transformación, cuyo objetivo es la renovación y el mejoramiento de los seres vivos.”

 [728a] - Así pues, el instinto de destrucción, ¿habría sido dado a los seres vivos con miras providenciales?

“Las criaturas de Dios son los instrumentos de que Él se sirve para alcanzar sus fines." data-share-imageurl="">