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Evolución y Estado Natural-ESDE

Evolución y Estado Natural-ESDE

776. El estado natural y la ley natural ¿son una misma cosa?

- No. El estado natural es el primitivo. La civilización es incompatible con el estado natural, mientras que la ley natural contribuye al progreso de la humanidad.

El estado natural es la infancia de la humanidad y el punto de partida de su desarrollo intelectual y moral. Puesto que el hombre es perfectible y lleva en sí el germen de su mejoramiento, en modo alguno puede estar destinado a vivir a perpetuidad en el estado natural, como tampoco ha sido destinado a vivir perpetuamente en la infancia. El estado natural es transitorio y el hombre sale de él mediante el progreso y la civilización. La ley natural, por el contrario, rige a la humanidad entera, y el hombre va mejorando conforme comprende y practica mejor esta ley.

778. ¿Puede el hombre retrogradar hasta el estado natural?

- No, el hombre debe progresar sin tregua, y no le es posible retornar al estado de niñez. Si progresa, es porque Dios así lo quiere. Pensar que pueda retrogradar hasta su condición primitiva sería negar la ley del progreso.

Allan Kardec. El Libro de los Espíritus.

Cap. VIII 7-La Ley del Progreso

I- Estado Natural

*  *  *

Síntesis

El hombre desarrolla su marcha evolutiva a partir de un estado primitivo o estado de naturaleza. “(. . .) El estado de naturaleza es la infancia de la Humanidad o el punto de partida de su desarrollo intelectual y moral. Por ser perfectible y traer consigo el germen de su perfeccionamiento, el hombre no fue destinado a vivir perpetuamente en el estado de naturaleza, ni tampoco a vivir eternamente en la infancia. Aquel estado es transitorio para el hombre y sale de el por virtud del progreso y la civilización. (...)” (2)

Es necesario que el ser humano se desarrolle intelectual y moralmente y, a través de la ley de progreso, se regula la evolución de todos los seres, encarnados o no encarnados, y de todos los mundos del Universo.

El Espíritu solo se purifica con el tiempo, mediante las experiencias a que dan lugar las reencarnaciones.

En el estado de naturaleza el hombre tiene menos necesidades, su vida es más simple y menores son sus tribulaciones. Se atiene más a la supervivencia y a las necesidades fisiológicas. No obstante, “(...) hay en nosotros una sorda aspiración, una íntima energía misteriosa que nos conduce a las alturas, que nos hace tender a destinos cada vez más elevados, que nos impulsa hacia lo Bello y el Bien. Es la ley del progreso, la evolución eterna, que guía a la Humanidad a través de las edades y que aguijonea a cada uno de nosotros, porque la Humanidad la constituyen las mismas almas que, siglo tras siglo, vuelven para proseguir con el auxilio de nuevos cuerpos, preparándose para mundos mejores en su obra de perfeccionamiento. (...)

La ley del progreso no se aplica solamente al hombre, es universal. En todos los reinos de la Naturaleza existe una evolución que fue reconocida por los pensadores de todos los tiempos. (. . .). En el vegetal la inteligencia duerme; en el animal, sueña; solo está despierta en el hombre que se conoce, es dueño de sí mismo y se hace consciente. (...)”

El hombre asciende a los planos más altos a través del “(. . .) trabajo, del esfuerzo, de todas las alternativas de la alegría y del dolor (...).” (6)

“(...) Las reencarnaciones constituyen, de esta forma, una necesidad ineludible del progreso espiritual. Cada existencia corporal no admite más que una parcela de esfuerzos determinados, luego de los cuales el alma se encuentra exhausta. La muerte representa entonces un reposo, una etapa en la extensa ruta de la eternidad. Después sucede la reencarnación, nuevamente, que vale como un rejuvenecimiento para el Espíritu en marcha. (…)

Antiguas pasiones, ignominias y remordimientos desaparecen, el olvido crea un nuevo ser que se arroja lleno de ardor y entusiasmo a recorrer el nuevo camino. Cada esfuerzo redunda en un progreso y cada progreso en un poder siempre mayor. Esas adquisiciones sucesivas van elevando al alma en los innumerables escalones de la perfección. (…)

Por lo tanto, somos árbitros soberanos de nuestros destinos: cada encarnación condiciona a la que sucede y a pesar de la lentitud de la marcha ascendente, gravitamos incesantemente en dirección a radiantes alturas, donde sentimos palpitar corazones fraternales y entramos en comunión, cada vez más y más íntima, con la gran alma universal - la Potencia Suprema. (...) (4)

*   *   *

MANOS HERRUMBROSAS

Cuando Joaquín Sucupira abandonó el cuerpo, después de los sesenta años, dejó en quienes le conocían la impresión de que subiría al Cielo directamente. Había vivido alejado del mundo, en el precioso confort heredado de sus padres. Hablaba poco, andaba menos, no hacía nada.

Se lo veía con trajes impecables. La corbata ostentaba siempre una perla de alto precio, una pequeña orquídea destacaba la solapa y el pañuelo, admirablemente doblado; caía, impecable, del bolsillo pequeño. El rostro denunciaba su depurado culto a las maneras distinguidas. Cada mañana buscaba, en el cuidadoso barbero una renovada expresión juvenil. El cabello ordenado, aunque escaso, le cubría el cráneo con el mayor esmero.

Decía ser cristiano y, realmente, si bien vivía aislado, no hacia mal siquiera a una hormiga. A pesar de eso afirmaba que los religiosos, de cualquier matiz, le causaban pavor. Detestaba a los sacerdotes católicos, criticaba a las organizaciones protestantes y colocaba a los espíritas en la categoría de locos. Aceptaba a Jesús a su modo, pero no según el propio Jesús,

Las facilidades económicas transitorias le retrasaban las lecciones bienhechoras del concurso fraterno, en el campo de la vida.

Estudiaba, estudiaba, estudiaba...

Y cada vez más se convencía de que las mejores directivas eran las suyas.

Aislamiento individual para evitar complicaciones y disgustos. Admitía, sin reservas, que así efectuaría la preparación adecuada para la existencia después del sepulcro. En vista de eso, el desprendimiento del envoltorio carnal de un hombre tan cauteloso en preservarse, habría de transcurrir como un viaje sin escalas con destino a la Corte  Celeste.

Daba a los familiares el dinero suficiente para satisfacer aventuras y extravagancias, para que no lo incomodaran; distribuía abultadas limosnas; para que los problemas de la caridad no visitasen su hogar: se apartaba del Mundo para no pecar. ¿No sería Joaquín? - se preguntaban sus amigos íntimos - ¿el tipo de religioso perfecto? Distante de todas las complicaciones de la experiencia humana, debido a la fortuna que había heredado de sus parientes, sería imposible que no conquistase el paraíso.

Sin embargo, la realidad que ahora le hacía frente no correspondía a la expectativa general.

Sucupira, en el mundo espiritual, había ingresado en una esfera de acción dentro de la cual parecía no ser percibido por los grandes servidores celestiales. Los veía en destacada actividad, en los campos y en las ciudades. Decían las órdenes divinas, en secreto, a los oídos de todas las personas que colaboraban en servicios dignos. Incluso había llegado a ver un ángel que abrazaba en forma singular a la vieja cocinera analfabeta.

Pero si él se aproximaba a los Mensajeros del Cielo, no lo atendían.

Podía andar, ver, oír, pensar. Sin embargo - ¡Desventurado Joaquín! - las manos y los brazos permanecían inertes. Parecían antenas de mármol, irremediablemente ligadas al cuerpo espiritual. Si intentaba matar la sed o el hambre se veía obligado a caer de bruces, porque no disponía de manos amistosas que lo ayudaran.

Durante mucho tiempo soporto semejante infortunio, multiplicando ruegos y lágrimas, hasta que fue conducido por una entidad caritativa al pequeño tribunal de socorro que funcionaba temporariamente en las regiones inferiores donde vivía compungido.

Una vez reunida la asamblea de espíritus penitentes, el bienhechor que desempeñaba ahí las funciones de juez, declaro que no contaba con mucho tiempo, debido a las obligaciones que lo ligaban a los círculos más elevados y que había ido hasta ese lugar solamente para liquidar los casos más dolorosos y urgentes.

Algunos compañeros, entre los dedicados al bien con devoción, seleccionaron a media docena de sufridores que podrían ser oídos, entre los cuales, en último lugar, figuró Sucupira, exhibiendo los brazos petrificados.

Lloro, rogo, se lamentó. Cuando parecía estar dispuesto a hacer un relato general y pormenorizado de la existencia finalizada, el juez objeto con prudencia:

-  No, mi amigo, no cuente su biografía. El tiempo es corto. Vamos a lo que interesa.

Lo examinó detenidamente y, pasados algunos instantes, dijo:

- Su maravillosa agudeza mental demuestra que estudió muchísimo.

Hizo un pequeño intervalo y empezó a interrogar:

- Joaquín ¿estaba casado?

- Si

- ¿Cuidaba la casa?

- Mi mujer cuidaba de todo.

- ¿Fue padre?

- Sí.

- ¿Cuidaba a los hijos cuando eran pequeños?

- Teníamos suficientes número de criadas y amas.

- ¿Y cuando llegaron a jóvenes?

- Estaban naturalmente confiados a los profesores.

- ¿Ejerció alguna profesión útil?

- No tenía necesidad de trabajar para ganar el pan.

- ¿Nunca sufrió dolores de cabeza por los amigos?

-  Siempre hui, receloso, de las amistades. No quería perjudicar ni ser perjudicado

El juez se detuvo, reflexionó largamente y prosiguió:

- ¿Adoptó alguna religión?

- Sí, era cristiano - aclaró Sucupira.

- ¿Ayudaba a los católicos?

- No. Detestaba a los sacerdotes.

- ¿Cooperaba con las iglesias reformadas?

- De ningún modo. Son excesivamente intolerantes.

- ¿Acompañaba a los espiritistas?

- No. Temía su presencia.

- ¿Amparó a los enfermos, en nombre de Cristo?

- La tierra tiene numerosos enfermeros.

- ¿Auxilió a las criaturas abandonadas?

- Hay hogares infantiles por todas partes.

- ¿Escribió alguna página consoladora?

- ¿Para qué? El mundo está lleno de libros y escritores.

 - ¿Utilizaba el martillo o el pincel?

- No, absolutamente.

- ¿Socorrió a los animales desprotegidos?

- No

- ¿Le agradaba cultivar la tierra?

- Nunca.

- ¿Planto árboles bienhechores?

- No, tampoco.

- ¿Se dedicó al servicio de canalizar las aguas, para proteger paisajes empobrecidos?

Sucupira hizo un gesto de desdén e informó:

- Jamás pensé en esto.

El instructor le hizo indagaciones sobre todas las actividades dignas conocidas en el Planeta. Al final del interrogatorio, opinó sin dilaciones.

- Hay una explicación para su caso: Ud. Tiene las manos cubiertas de herrumbre.

Ante la cara del amargado interlocutor, aclaró:

- Es el talento no usado, mi amigo, Su remedio está en regresar a la lección. Repita el curso terrestre.

Joaquín, confundido, deseaba más amplias explicaciones.

No obstante, el juez, sin tiempo para oírlo, lo entrego al cuidado de otro compañero.

Rogelio, un carioca ingresado en el mundo espiritual en 1945, lo recibió con el semblante amable y feliz y, luego de escuchar sus extensas lamentaciones, pacientemente, lo invito:

- Vamos, Sucupira. Ud. Entrará en la fila en pocos días.

- ¿Fila? - interrogo el infeliz, boquiabierto.

- Sí - agrego el alegre ayudante - en la fila de la reencarnación.

Y, empujando al paralítico por los hombros, concluía sonriendo:

- Lo que Ud. Precisa, Joaquín, es movimiento...

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FUENTES

01. KARDEC; Allan. El Libro delos Espíritus. Trad. de Alberto Giordano. 3. ed. Buenos Aires, Editora «18 de Abril», 1983. Preg. 194.

02. _. Preg. 776.

03. _. Preg. 778.

04. DELANNE, Gabriel. A Evoluçäo Anímica. Trad, de Manuel Justiniano Quintao. 6. ed. Rio de Janeiro, 1989. lntroduçao, p. ió-17.

05. DENIS, Leon, Evolucion y finalidad del alma. In: _. El Problema del ser, del Destino y del Dolor. Trad. de Esteva Grau. 3. ed. Buenos Aires, Editorial Kier 1976.

06. __.

07. __.

Federación Espírita Brasileña

Estudio Sistematizado De La Doctrina Espírita

Prog. III: Las Leyes Morales; Guía 7

Unidad 3: Ley de Progreso

Subunidad 1: Concepto de Evolución y de Estado Natural