Usted está aquí

La Providencia Divina - ESDE

Providencia Divina

PROVIDENCIA DIVINA

Providencia es, en este mundo, todo lo que se hace disponiendo las cosas, de modo que se realicen objetivos de orden y armonía, tendiendo al bien y la felicidad de las criaturas, con la plena satisfacción de sus reales necesidades, sean físicas o espirituales." data-share-imageurl="">

La Providencia Divina - ESDE

Providencia Divina

PROVIDENCIA DIVINA

Providencia es, en este mundo, todo lo que se hace disponiendo las cosas, de modo que se realicen objetivos de orden y armonía, tendiendo al bien y la felicidad de las criaturas, con la plena satisfacción de sus reales necesidades, sean físicas o espirituales.

Dios, en relación con sus criaturas, es la Providencia misma en su más alta expresión, infinitamente por encima de todas las posibilidades humanas. La Providencia Divina se manifiesta en todas las cosas, está inmanente en el Universo y se ejerce a través de leyes admirables y sabias. Todo fue dispuesto por el amor del Padre, soberanamente bueno y justo, para el bien de sus hijos: Desde las más elementales previsiones para el mantenimiento de la vida orgánica y su transmisión, garantizando la perpetuación de la especie, hasta concederle la facultad superior del libre albedrío, que da al hombre el mérito de la conquista consciente de la felicidad, por la práctica voluntaria del bien y la libre búsqueda de la verdad. Dios todo lo hizo y hace el bien a sus criaturas. Imprimió en sus conciencias las leyes morales de trabajo, reproducción, conservación y destrucción, ésta última no abusiva sino equilibrada; como también la Ley de Sociedad, obedeciendo a la cual, deben organizarse en familias o en más amplias comunidades sociales, en cuyo seno van a cumplir deberes, ligados todos a tales Leyes Morales y además a las de progreso, igualdad y libertad, en su justo y más elevado sentido y sobre todo, a la Ley de Justicia, Amor y Caridad.

De esta manera Dios propicia al hombre la construcción de su propia felicidad por medio de la libre observancia de esas Leyes y el cumplimiento de los correspondientes deberes, y es infeliz tan solo cuando no los cumple o no está en armonía con ellas. El hombre hace todo lo que quiere, valiéndose del libre albedrío que la Divina Providencia le confiere para construir activa y meritoriamente su destino; pero es también plenamente responsable por los actos practicados, debiendo asumir todas las consecuencias que de ellos provengan, sean estas felices o infelices. Entonces, parecen oponerse la Providencia Divina y el libre albedrío  humano. ¡Por cierto que no! Dios concede el libre albedrío al hombre para que agregue a su felicidad el mérito de la iniciativa y espontaneidad, en el trabajo, en la búsqueda del propio bien, en la libre elección del camino recto para conseguirlo. A todo, Dios provee realmente, pero no quiere que su criatura este inactiva, recibiendo pasivamente la gracia divina, y sí que la busque por sí misma, conquistando a través de perseverantes esfuerzos la felicidad y el progreso. «(...) Por el uso de su libre albedrío el alma determina su propio destino, prepara sus alegrías o dolores. No obstante, en el curso de su marcha - durante las pruebas amargas o en el seno de la lucha ardiente de las pasiones - jamás le será negado el socorro divino. Nunca debe desfallecer, pues, por más indigna que se juzgue desde que despierta en ella la voluntad de regresar al buen camino, a la vía sagrada, la Providencia le dará auxilio y protección.

La Providencia es el espíritu superior, es el ángel que vela sobre el infortunio, es el consolador invisible, cuyas aspiraciones devuelven el ánimo al corazón helado por la desesperación, cuyos fluidos vivificantes sustentan al viajero postrado por la fatiga; es el faro encendido en medio de la noche, para la salvación de los que van a la deriva sobre el mar tempestuoso de la vida. Además, la Providencia es, principalmente, el amor divino derramándose a raudales sobre sus criaturas. ¡Qué solicitud, que previsión en ese amor!...

El alma es creada para la felicidad pero, para poder apreciar esa felicidad, para conocer su justo valor, debe conquistarla por sí misma, y para eso es preciso que desarrolle las potencias encerradas en su intimidad. Su libertad de acción y su responsabilidad aumentan con su elevación, porque cuanto más se esclarece, más puede, y debe hacer compatible el ejercicio de sus fuerzas personales con las leyes que rigen el Universo.

Por lo tanto, la libertad del ser se ejerce dentro de un círculo que está limitado: de un lado por las exigencias de la ley natural, que no puede sufrir ninguna alteración ni perturbación en el orden del mundo; del otro por su propio pasado, cuyas consecuencias van retrocediendo a través de los tiempos, hasta la completa reparación. En ningún caso el ejercicio de la libertad humana puede entorpecer la ejecución de los planes divinos; de lo contrario, el orden de las cosas sería a cada instante perturbado. Por sobre nuestras percepciones limitadas y variables, el orden inmutable del Universo perdura y se mantiene. Casi siempre juzgamos que es un mal aquello que para nosotros es el verdadero bien. Si el orden natural de las cosas tuviera que adaptarse a nuestros deseos, ¿qué horribles alteraciones no resultarían de ello?

El primer uso que el hombre haría de la libertad absoluta sería para apartar de sí las causas de sufrimiento y para asegurarse, de inmediato, una vida feliz. Ahora bien, si hay males que la inteligencia humana tiene el deber de conjurar, de destruir - por ejemplo los que son provenientes de la condición terrenal - hay otros, inherentes a nuestra naturaleza moral, que solamente el dolor y la comprensión pueden vencer; tales son los vicios. En estos casos, el dolor se transforma en una escuela o, más bien, en un remedio indispensable: las pruebas sufridas no son más que distribución equitativa de la justicia infalible.›› (3)

Pero la Providencia Divina, en relación con la humanidad terrestre, también se manifestó cuando Dios nos encomendó a Jesús, como discípulos a un Maestro y como ovejas a un Pastor. ¡Con que solicitud y paciencia infinitas Él ha estado enseñándonos y conduciéndonos desde entonces, a través de siglos y miles de años! No estamos en ningún momento desamparados, ni abandonados a nuestra propia suerte.

Divina Providencia, que nos acompaña a través de vidas sucesivas, para alcanzar nuestro progreso y nuestra ascensión, aun cuando nos hace sufrir - pues si por nuestra culpa y el mal ejercicio del libre albedrío estuviéramos de hecho sufriendo, por fuerza de la Ley, las consecuencias de nuestros excesos, por la misma Ley seremos devueltos a la paz y a la felicidad, beneficiados por el dolor que redime, enriquecidos de experiencia y de sabiduría - desde el momento en que te reconocemos y tomamos conciencia de tu inmanencia en una Ley sabia y soberana, que establece todo para nuestro bien, ¡loamos a Aquel de quien emanas, en la inmensidad de Su Justicia y de Su Amor!

CONCLUSIÓN

«La Providencia es la solicitud de Dios para con sus criaturas.

Él está en todas partes, todo lo ve, preside a todo, aún las cosas más mínimas. En esto consiste la acción providencial. (...)›› (1)

“(…) Para extender su solicitud a todas las criaturas, no precisa Dios dirigir su mirada desde lo alto de la inmensidad. Nuestras oraciones, para que Él las oiga, no precisan transponer el espacio, ni ser dichas con vos retumbante, puesto que estando continuamente a nuestro lado, nuestros pensamientos repercuten en Él. Nuestros pensamientos son como los sonidos de una campana, que hacen vibrar todas las moléculas de aire del ambiente.» (2)

FUENTES

  1. - KARDEC, Allan. Dios. El Génesis. Cap. II, ítem 20 Y 24.

20. La Providencia es el cuidado que Dios brinda a sus criaturas. Dios está en todas partes, lo ve todo, y todo lo preside, incluso las más pequeñas cosas: en eso consiste la acción providencial.

¿Cómo Dios, tan grande y poderoso, y tan superior a todo, puede inmiscuirse en detalles ínfimos, preocuparse por los mínimos actos y pensamientos de cada individuo? Esa es la pregunta que se plantea el incrédulo, quien expresa además que, aunque se admita la existencia de Dios, su accionar debe limitarse a las leyes generales del Universo, puesto que, como éste funciona desde siempre en virtud de las mencionadas leyes, a las cuales toda criatura está sujeta, no habría necesidad de esa participación incesante de la Providencia.

24. Ya sea que el pensamiento de Dios actúe directamente o por intermedio de un fluido, para facilitar las cosas vamos a representarlo bajo la forma concreta de un fluido inteligente que llena el Universo infinito y penetra todas las cosas de la Creación: la Naturaleza entera está sumergida en el fluido divino, o, en virtud del principio que establece que las partes de un todo son de la misma naturaleza y tiene iguales propiedades que el conjunto, cada átomo de ese fluido, si se puede explicarlo así, posee el pensamiento y los atributos esenciales de la Divinidad. Dicho fluido está por doquier y todo está sujeto a su accionar inteligente, a su previsión, a su solicitud, pues todos los seres, por más pequeños que sean, están saturados de él. Estamos constantemente en presencia de Dios. No podemos sustraer a su mirada ni una sola de nuestras acciones y nuestro pensamiento está en contacto incesante con el suyo. De ahí que se diga que Dios está en lo más recóndito de nuestro corazón. Nosotros estamos en Él, como Él está en nosotros, según la palabra de Cristo.

Dios no necesita mirarnos desde lo alto para extender su cuidado sobre nosotros. Para que Él escuche nuestras plegarias no es necesario atravesar el Espacio ni orar en voz alta, ya que Él está a nuestro lado y nuestros pensamientos repercuten en Él. Son como los sones de una campana que hacen vibrar las moléculas del aire circundante.

 - DENIS, Léon. Libre Arbitrio y Providencia. Después de la Muerte.

 XL-LIBRE ALBEDRIO Y PROVIDENCIA

 La cuestión del libre albedrío es una de las que más han preocupado a los filósofos y a los teólogos. Conciliar la voluntad, la libertad del hombre con el juego de las leyes naturales y con la voluntad divina ha aparecido tanto más difícil cuanto que la fatalidad ciega parecía pesar, a los ojos de la mayoría, sobre el destino humano. La enseñanza de los espíritus ha dilucidado el problema. La fatalidad aparente que siembra de males el camino de la vida no es más que la consecuencia de nuestro pasado, el efecto volviendo hacia la causa; es el cumplimiento del programa aceptado por nosotros antes de renacer, siguiendo los consejos de nuestros guías espirituales, para nuestro mayor bien y nuestra elevación.

 En las capas inferiores de la creación, el ser se ignora aún. Sólo el instinto y la necesidad le conducen, y sólo en los tipos más evolucionados aparecen, como un pálido amanecer, los primeros rudimentos de las facultades. En la humanidad, el alma ha llegado a la libertad moral. Su juicio y su conciencia se desarrollan cada vez más, a medida que recorre su inmensa carrera. Colocada entre el bien y el mal, compara y escoge libremente. Esclarecida por sus decepciones y sus males en el seno de los sufrimientos es donde se forma su experiencia y donde se forja su fuerza moral.

El alma humana, dotada de conciencia y de libertad, no puede caer en la vida inferior. Sus encarnaciones se suceden hasta que ha adquirido estos tres bienes imperecederos, finalidad de sus prolongados trabajos: la bondad, la ciencia y el amor. Su posesión le emancipa para siempre de los renacimientos y de la muerte y le abre el acceso a la vida celestial.

 Por el uso de su libre albedrío, el alma fija sus destinos y prepara sus goces y sus dolores. Pero nunca, en el transcurso de su carrera, en el sufrimiento amargo como en el seno de la ardiente lucha pasional, nunca le son rehusados los socorros de lo alto. Por poco que se abandone a sí misma, por indigna que parezca, en cuanto despierta su voluntad de emprender el camino recto, el camino sagrado, la Providencia le proporciona ayuda y sostén.

La Providencia es el espíritu superior, el ángel que vela sobre el infortunio, el consuelo invisible cuyos fluidos vivificadores sustentan a los corazones anonadados; es el faro encendido en la noche para salvación de los que vagan por la mar procelosa de la vida. La Providencia es, además y sobre todo, el amor divino vertiéndose a oleadas sobre la criatura. ¡Y cuánta solicitud, cuánta previsión hay en este amor! ¿No ha sido sólo para el alma, para que sirva de espectáculo a su vida y de teatro a sus progresos, para lo que ha suspendido los mundos en el espacio, para lo que ha encendido los soles, para lo que ha formado los continentes y los mares? Sólo para el alma se ha realizado esa gran obra, se combinan las fuerzas naturales y brotan los universos del seno de las nebulosas.

 El alma ha sido creada para la felicidad; pero para apreciar esta felicidad en su valor, para conocer su importancia, debe conquistarla ella misma, y, para ello, desarrollar libremente las potencias que lleva en sí. Su libertad de acción y su responsabilidad crecen con su elevación, pues cuanto más se ilumina, más puede y debe conformar el juego de sus fuerzas personales con las leyes que rigen el universo.

 La libertad del ser se ejerce en un círculo limitado, de un lado, por las exigencias de la ley natural, que no puede sufrir ninguna modificación, ningún desvío en el orden del mundo; de otro lado, por su propio pasado, cuyas consecuencias resaltan a través de las épocas hasta la reparación completa. En ningún caso el ejercicio de la libertad humana puede entorpecer la ejecución de los planes divinos; de lo contrario, el orden de las cosas sería turbado a cada instante. Por encima de nuestras opiniones limitadas y cambiantes, se mantiene y continúa el orden del universo. Somos casi siempre malos jueces en lo que significa para nosotros el verdadero bien; y si el orden natural de las cosas debiera doblegarse a nuestros deseos, ¿qué perturbaciones espantosas no resultaría de ello? El primer uso que el hombre haría de una libertad absoluta sería apartar de sí todas las causas de sufrimiento y asegurarse desde aquí abajo una vida de felicidades. Ahora bien; si hay males a los que la inteligencia humana tiene el deber y posee los medios de conjurar y de destruir -por ejemplo, los que provienen del ambiente terrestre-, hay otros, inherentes a nuestra naturaleza moral, que sólo el dolor y la represión pueden domar y vencer: tales son nuestros vicios. En este caso, el dolor se convierte en una escuela, o, más bien, en un remedio indispensable, y los padecimientos soportables no son más que un reparto equitativo de la justicia infalible. Es, pues, nuestra ignorancia acerca de los fines perseguidos por Dios lo que nos hace renegar del orden del mundo y de sus leyes. Si los censuramos, es porque desconocemos sus resortes ocultos.

 El destino es la resultante, a través de nuestras vidas sucesivas, de nuestros actos y de nuestras libres resoluciones. Más esclarecidos en el estado de espíritus con relación a nuestras imperfecciones, y preocupados por los medios de atenuarlos, aceptamos la vida material bajo la forma y en las condiciones que nos parecen propias para realizar este fin.

 Los fenómenos del hipnotismo y de la sugestión mental explican lo que ocurre en semejante caso bajo la influencia de nuestros protectores espirituales. En el estado de sonambulismo, el alma, bajo la sugestión de un magnetizador, se compromete a realizar un acto determinado dentro de un espacio de tiempo señalado. Vuelta al estado de vigilia, sin haber conservado ningún recuerdo aparente de semejante sorpresa, la ejecuta punto por punto. Del mismo modo, el hombre parece no haber conservado en la memoria las resoluciones adoptadas antes de renacer; pero llega la hora, corre al encuentro de los acontecimientos previstos y participa de ellos en la medida necesaria a su adelanto o para la ejecución de la ley ineludible.

Providencia Divina

PROVIDENCIA DIVINA

Providencia es, en este mundo, todo lo que se hace disponiendo las cosas, de modo que se realicen objetivos de orden y armonía, tendiendo al bien y la felicidad de las criaturas, con la plena satisfacción de sus reales necesidades, sean físicas o espirituales." data-share-imageurl="">