El Mal y el Remedio

Corazón en medio de pastillas - Imagen de HeungSoon en Pixabay
Fecha
09-06-2016
Duración
00:40:05
Tema
Categoría
Descripción

El Mal y el Remedio

En El Mal y el Remedio, nuestro compañero J. Rodríguez nos comenta un pasaje del libro El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec.

El mal y el remedio

19. ¿Acaso vuestra Tierra es un lugar de alegrías, un paraíso de delicias? ¿No resuena aún en vuestros oídos la voz del profeta? ¿No proclamó que habría lágrimas y crujido de dientes para los que nacieran en este valle de dolores? ¡Vosotros, que venís a vivir en él, esperad, por lo tanto, lágrimas ardientes y penas amargas, y por más agudos y profundos que sean vuestros dolores, levantad los ojos hacia el Cielo y bendecid al Señor porque ha querido probaros!… ¡Oh, hombres! ¿Acaso sólo reconoceréis el poder de vuestro Señor cuando Él haya curado las llagas de vuestro cuerpo y coronado vuestros días de beatitud y de gozo? ¿Acaso sólo reconoceréis su amor cuando haya adornado vuestro cuerpo con todas las glorias y le haya devuelto su resplandor y su blancura? Imitad a aquel que se os dio como ejemplo. Cuando llegó al grado extremo de la abyección y de la miseria, tendido en un estercoleroi, dijo a Dios: “¡Señor, he conocido todos los goces de la opulencia, y me habéis reducido a la miseria más profunda; gracias, gracias, Dios mío, porque has querido poner a prueba a vuestro servidor!” ¿Hasta cuándo vuestras miradas se detendrán en los horizontes delineados por la muerte? ¿Cuándo querrá vuestra alma lanzarse por fin más allá de los límites de una tumba? Con todo, aunque tuvieráis que llorar y sufrir toda una vida, ¿qué representaría eso al lado de la gloria eterna que se reserva al que haya soportado la prueba con fe, amor y resignación? Buscad, pues, el consuelo para vuestros males en el porvenir que Dios os prepara, y buscad la causa de esos males en vuestro pasado. Y vosotros, los que más sufrís, consideraos los bienaventurados de la Tierra.

En el estado de desencarnación, cuando hacíais planes en el espacio, elegisteis vuestras pruebas porque os considerasteis suficientemente fuertes para soportarlas. ¿Por qué os quejáis ahora? Vosotros, que habéis pedido la fortuna y la gloria, lo hicisteis para sostener la lucha contra la tentación y derrotarla. Vosotros, que habéis pedido luchar con el cuerpo y el alma contra el mal moral y físico, sabíais que cuanto más difícil fuese la prueba, tanto más gloriosa sería la victoria, y que si triunfabais, aunque vuestro cuerpo fuese arrojado a un estercolero, a su muerte dejaría escapar de él un alma resplandeciente de blancura, purificada por el bautismo de la expiación y el sufrimiento.

Así pues, ¿qué remedio hemos de prescribir a los aquejados por crueles obsesiones y males lacerantes? Sólo uno es infalible: la fe, la mirada puesta en el Cielo. Cuando en el apogeo de vuestros más crueles padecimientos cantéis alabanzas al Señor, el ángel que se halla a vuestra cabecera os indicará con su mano la señal de la salvación y el lugar que habréis de ocupar un día... La fe es el remedio apropiado para el sufrimiento. Enseña siempre los horizontes del infinito, ante los cuales se diluyen esos escasos días sombríos del presente. Ya no nos preguntéis, pues, cuál es el remedio necesario para curar tal úlcera o tal llaga, tal tentación o tal prueba. Tened en cuenta que el que cree se fortalece con el remedio de la fe, y que el que duda un instante de su eficacia recibe de inmediato su castigo, porque a continuación experimenta las punzantes angustias de la aflicción.

El Señor ha marcado con su sello a todos los que creen en Él. Cristo os dijo que con la fe se trasportan las montañas, y por mi parte os digo que aquel que sufre y tiene la fe como resguardo, será puesto bajo su égida y ya no sufrirá. Los momentos de más intensos dolores serán para él las primeras notas de la dicha eterna. Su alma se desprenderá de tal modo del cuerpo que, mientras este se retuerza entre convulsiones, aquella planeará sobre las regiones celestiales, entonando con los ángeles himnos de reconocimiento y de gloria al Señor.

¡Felices los que sufren y lloran! Que haya alegría en sus almas, porque Dios las colmará de bendiciones. (San Agustín. París, 1863.)

Allan Kardec. El Evangelio según el Espiritismo. Cap. V, ítem 19.

i Véase Job, 1:8. (N. del T.)

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