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Tormentos Voluntarios

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Enviado por javier el Sáb, 16/07/2016 - 13:29
Envidia

Tormentos Voluntarios

Hoy vamos a analizar en qué consisten los tormentos voluntarios que nos imponemos, destacando dónde se encuentra el origen de los mismos.

Y para ello vamos leer y profundizar el ítem 23, del capítulo V, de El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec, titulado “Los tormentos voluntarios”." data-share-imageurl="">

Author: 
J. Rodríguez
Date: 
Jueves, 14 Julio, 2016 - 20:00
Body: 

Envidia

Tormentos Voluntarios

Hoy vamos a analizar en qué consisten los tormentos voluntarios que nos imponemos, destacando dónde se encuentra el origen de los mismos.

Y para ello vamos leer y profundizar el ítem 23, del capítulo V, de El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec, titulado “Los tormentos voluntarios”. Se trata nuevamente de una comunicación de Fénelon espíritu que, como vimos en el anterior estudio, fue en su última encarnación teólogo, obispo católico, poeta y escritor francés del siglo XVII, obras traducidas además al alemán por Allan Kardec. La anterior comunicación fue obtenida en la ciudad de Sens, esta se obtuvo en la ciudad de Lyon, en otro grupo espírita, y vemos como el estilo y la orientación moral es muy parecido.

Pero ¿Qué debemos entender como tormentos voluntarios? Son los sufrimientos que uno se inflige, sin ser muchas veces consciente de que el origen de esos males está en actitudes equivocadas que adoptamos ante la vida. Por ejemplo buscando la felicidad en las cosas materiales, desconfiando de la pareja sin un motivo serio, viendo únicamente la parte negativa de las cosas, pensando y hablando mal de las personas, recordando continuamente el pasado bueno o malo. Somos enfermos que se regodean en sus males, sin valorar todo lo bello que nos rodea ni las oportunidades que se nos ofrecen.

Leamos un poquito.

“El hombre va incesantemente en busca de la felicidad que se le escapa, porque la felicidad perfecta no existe en la tierra.”

Ya sabemos que la completa felicidad aquí en la Tierra no es posible, salvo raras excepciones, lo hemos hablado en otra ocasión. A veces parecemos alcanzarla con la punta de los dedos, casi la tocamos y se escabulle, se nos escapa de entre los dedos tal como las efímeras figuras de humo. Ya podemos esforzarnos en alcanzar y mantener esa felicidad que siempre aparece algo que la ensombrece. Es como el horizonte en la lejanía que por mucho que nos esforcemos en alcanzarlo nunca lo lograremos.

“... Sin embargo, en las vicisitudes que forman el cortejo inevitable de su vida, podría gozar, por lo menos, de una felicidad relativa;”

Sin embargo, a pesar de lo duro que es la vida aquí en la Tierra, a pesar de lo fea e injusta que nos pueda parecer, a pesar de que la felicidad plena es inalcanzable en esta vida, siempre hay algún momento en que podremos disfrutar de la felicidad aunque sea pasajera. Si no estamos encerrados en nuestro mundo de negatividad, amargados y sombríos, siempre podremos gozar de esos momentos de dicha al lado de los hijos queridos, de la pareja amada, de un buen libro, una buena música, de una bebida bien fría y de la suave y refrescante brisa del mar en los días de calor, de esos mil y uno instante que pasan por nuestro lado.

“... pero él la busca en las cosas perecederas y sujetas a las mismas vicisitudes, es decir, en los goces materiales, en vez de buscarla en los goces del alma, que son un goce anticipado de los placeres celestiales imperecederos; en lugar de buscar la "paz del corazón", única felicidad real en la tierra, está ávido de todo lo que puede agitarle y turbarle, y, ¡cosa singular!, parece crearse intencionadamente intensos tormentos que estaría en su mano evitar.”

Solemos buscar la felicidad en las cosas materiales, deseando tener por ejemplo una casa más grande de la que tenemos y si puede ser con piscina y jardín pensando que con ello seremos más felices. Cuando no deseamos y envidiamos el bienestar y la felicidad aparente de los famosos que aparecen en la TV con su sonrisa de Profident, su belleza, su Porsche, su mansión. En vez de buscarla en los placeres espirituales de hacer el bien al prójimo, de ayudarlo en sus problemas varios, de actuar rectamente y tener la conciencia tranquila y el corazón jubiloso. Además, no contentos con esto, nos cargamos con sufrimientos creados por nosotros mismos, sufrimientos que podríamos evitar con el simple hecho de cambiar nuestra forma de pensar y nuestros valores.  Por ejemplo, evitando pensar y hablar mal de nuestros conocidos, vecinos, compañeros, porque ello nos convierte en chismosos y maledicentes que dan pábulo a las historias sobre los demás sin ni siquiera confirmarlas y además las repiten con deleite.

Nos sigue diciendo Fénelon:

“... ¿Los hay (los tormentos), acaso, más grandes que los que causan la envidia y los celos? Para el envidioso y celoso, no hay reposo; ambos tienen una fiebre continua; lo que ellos no tienen y lo que poseen los demás, les causa insomnios; la prosperidad de sus rivales les da vértigos; su emulación sólo se ejerce para eclipsar a sus vecinos; todo su placer consiste en excitar en los insensatos como ellos, la rabia de los celos de que están poseídos.”

Para el envidioso y el celoso no hay descanso, están continuamente pensando en el objeto de sus deseos o en la supuesta infidelidad de su pareja. Además de que no viven en paz, no dejan vivir tranquilos a los que tienen cerca, la convivencia al lado de una persona celosa es dificilísima, se imaginan cosas inexistentes hasta el punto de desconfiar de una mirada, de un saludo, de un retraso en la vuelta a casa. El envidioso trama planes y calumnias para causar daño en las personas que son el blanco de su envidia. Viven amargados, tristes, obcecados, sembrando dudas sobre la honorabilidad de los que son blancos de su envidia y solo les hace felices ver la infelicidad en los demás.

Sigamos avanzando.

“... Pobres obcecados, que no piensan que mañana les será preciso dejar todos estos juguetes, cuya codicia envenena su vida. A éstos no se aplican estas palabras: "Bienaventurados los afligidos porque ellos serán consolados", porque sus cuidados no son de aquellos que tienen compensación en el Cielo.”

Hay que tener lástima de toda esta gente que solo le dan valor a lo que pueden tocar, amasar, a los que viven atormentados porque no tienen el objeto de su deseo, porque no se dan cuenta de que la vida pasa y algún día tendrán que dejar todas esas cosas que ahora tanto valoran. Placeres, objetos y quereres insanos que les mata poco a poco como el veneno administrado en pequeñas dosis. No son conscientes de que la muerte nos alcanza a todos y que la vida como espíritu sigue en el más allá, dónde nuestro modo de actuar y vivir en esta vida terrenal determina nuestra felicidad o infelicidad como espíritus desencarnados. Con el añadido de que los deseos no se apagan con la muerte, y al no poder satisfacerlos les hace sufrir aún más.

Fénelon nos sigue diciendo.

“... Por el contrario, !cuántos tormentos se ahorra el que sabe contentarse con lo que tiene, que ve sin envidia lo que no tiene, que no pretende parecer más de lo que es!”

¿Conocéis a alguien que se contente con lo que tiene?¿Si?¿Y no os parece que es más feliz que el resto de los mortales? Aunque tenga menos cosas, aunque no tenga el status del vecino, vive tranquilo, sin angustiarse porque no puede comprarse el cochazo del otro, porque su casa no es tan lujosa como la del vecino. Vive en paz, sin cargarse con deudas excesivas para aparentar más de lo que es, deudas que luego no puede o le viene muy cuesta arriba pagar. Se mantiene calmado ante los problemas que le surgen, y, gracias a que no se altera con facilidad, encuentra la solución a esos problemas ya que se mantiene en sintonía con su ángel de la guarda, su guía espiritual, que le sugiere esas soluciones.

Sigamos un poquito más.

“... Siempre es rico, porque si mira hacia abajo en vez de mirar hacia arriba, siempre verá gentes que aun tienen menos; vive tranquilo, porque no se crea necesidades quiméricas, y la calma en medio de los huracanes de la vida ¿no es acaso una felicidad?” (Fenelón. Lyon, 1860).

Hay un refrán popular que dice así: “No es más rico quien más tiene, sino quien se conforma con lo que tiene.” Y comprobamos una vez más que el refranero popular está lleno de sabiduría. El rico en bienes y poder siempre quiere tener más, su deseo de poseer, de ser más que el otro, nunca se sacia, y además tiene miedo de que le quiten lo que considera que es suyo, vive sin vivir, sin realmente disfrutar de lo que tiene. Por el contrario, aquel que disfruta de lo poco que tiene, sin atormentarse por lo que no tiene, porque además ve que hay quien lo está pasando aún peor que él y se compadece de los mismos, vive con la mente en paz, y, como es lógico, al estar en paz y feliz, transmitirá paz, sosiego y felicidad.

De todo lo dicho se podría deducir que hay que conformarse con lo que uno tiene y no buscar mejoras en nuestro bienestar, y no es así. Es nuestro deber y obligación esforzarnos por mejorar nuestra situación económica y material, lo contrario sería ir en contra de la ley del progreso que nos impele a ir siempre hacia lo cada vez más perfecto y mejor. Dios no quiere nuestra infelicidad, quiere que seamos felices y por ello no debemos angustiarnos por lo que no tenemos, lo cual nos crea desazón e intranquilidad mental y espiritual. Debemos trabajar y esforzarnos de continuo por nuestra mejora material e espiritual, ya que son dos los elementos fundamentales creados por Dios, la materia y el espíritu. No podemos descuidar uno en detrimento del otro ya que eso provoca desequilibrios con consecuencias desastrosas.

Conclusión:

Los tormentos voluntarios que nos creamos con nuestros pensamientos enfermizos son inútiles y perniciosos y además se pueden evitar si tenemos voluntad para ello. Si no viviéramos corriendo y desasosegados en busca de la felicidad material, que se escurre siempre entre los dedos por ser pasajera y efímera, en detrimento de la felicidad espiritual, la auténticamente duradera ya que no está expuesta a las vicisitudes de la materia, no tendríamos esos tormentos que no nos dejan vivir en paz. Conformemonos, sin caer en la desidia, ya que, gracias a la sabiduría divina, todos tenemos, en esta vida material, todo lo que nos es necesario para la conquista de nuestra felicidad, aquí en la Tierra como en el Cielo.

Muchas gracias por vuestra atención.

J. Rodríguez

 

Envidia

Tormentos Voluntarios

Hoy vamos a analizar en qué consisten los tormentos voluntarios que nos imponemos, destacando dónde se encuentra el origen de los mismos.

Y para ello vamos leer y profundizar el ítem 23, del capítulo V, de El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec, titulado “Los tormentos voluntarios”." data-share-imageurl="">