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Orgullo y Humildad

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Enviado por javier el Sáb, 29/10/2016 - 18:05
HUmildad

Nuestro objetivo de hoy va a ser esclarecer en qué consiste el orgullo y la humildad, vamos a mostrar sus consecuencias y qué podemos hacer para eliminar esa tara y desarrollar esa virtud.

Y para ello vamos a estudiar una comunicación mediúmnica del Espíritu de Henri Lacordaire, titulada “Orgullo y humildad”, recibida el año 1863, en la ciudad de Constantina (Argelia), y que está incluida en el libro “El Evangelio según el Espiritismo”, cap." data-share-imageurl="">

Author: 
J. Rodríguez
Date: 
Miércoles, 26 Octubre, 2016 - 20:30
Body: 

HUmildad

Nuestro objetivo de hoy va a ser esclarecer en qué consiste el orgullo y la humildad, vamos a mostrar sus consecuencias y qué podemos hacer para eliminar esa tara y desarrollar esa virtud.

Y para ello vamos a estudiar una comunicación mediúmnica del Espíritu de Henri Lacordaire, titulada “Orgullo y humildad”, recibida el año 1863, en la ciudad de Constantina (Argelia), y que está incluida en el libro “El Evangelio según el Espiritismo”, cap. VII, ítem 11.

Henri Lacordaire (1802-1861) fue un político, orador y religioso francés del siglo XIX, precursor del movimiento político de los cristianos sociales, miembro de la Academia Francesa y considerado el mejor orador sagrado de Francia. (https://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Lacordaire)

En este mensaje, tras unos saludos iniciales y una breve oración, empieza diciendo:

"La humildad es una virtud muy olvidada entre vosotros;”

Veamos, “La humildad es una virtud muy olvidada entre vosotros” nos dice Lacordaire, pero ¿qué es eso de la humildad? Según el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, en su primera acepción que es la que nos interesa, humildad es la "virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento."

Entonces, según esto, es una virtud que exige de nosotros un autoconocimiento sincero y objetivo y nos hace reconocer como un ser imperfecto y falible, pero susceptible de mejoramiento. Al reconocer que erramos muchas veces, nos hacemos más humildes y más comprensivos con los fallos de los demás, lo que nos nivela e iguala a todos ellos, somos falibles como ellos. El admitir nuestras limitaciones nos hace buscar ayuda y apoyo en los demás a la vez que empatizamos más con las desgracias y fallos ajenos, nos hace buscar progresar y mejorarnos intelectual y moralmente, en definitiva, al reconocernos como pequeñitos, nos hace buscar a Dios en la naturaleza, en nosotros y en los demás. Esto nos lleva a la consecuencia de que somos todos iguales, no hay individuos superiores a otros, ni por nacimiento, ni por fortuna, ni por aptitudes.

Dice que es una virtud muy olvidada entre nosotros ¿es eso cierto? Haciendo un ligero ejercicio de memoria, vamos a repasar mentalmente nuestra lista de amistades y conocidos y vamos a contar cuantos de ellos tienen la virtud de la humildad. Si hemos sido sinceros y objetivos veremos que muy pocos de ellos son humildes, quizás ninguno, y nosotros ¿somos humildes? Si somos otra vez sinceros y objetivos, nos reconoceremos algún grado de esa virtud, pero también veremos que nos falta aún mucho camino por recorrer.

Sigamos.

los grandes ejemplos que se os han dado se han seguido muy poco, y, sin embargo, sin humildad, ¿podéis, acaso, ser caritativos con vuestro prójimo?”

No, sin esa humildad, no podemos ser caritativos con nuestro semejante, podremos aparentarlo, pero no lo seremos de verdad. Nos faltará el amor al semejante, ese amor que hace que nos traguemos nuestro orgullo cuando nos ofenden, que perdonemos y olvidemos cuantas ofensas nos dirijan. Tal como sigue diciendo Lacordaire:

¡Oh! no, porque ese sentimiento nivela a los hombres; él les dice que son hermanos, que deben ayudarse entre sí, y las conduce al bien. Sin humildad hacéis gala de virtudes que no tenéis, como si lleváis un vestido para ocultar las deformidades de vuestro cuerpo. Acordaros de "Aquél" que nos salvó; recordad su humildad, que tan grande le hizo y le elevó por encima de todos los profetas."

Sigamos leyendo:

"El orgullo es el terrible adversario de la humildad.”

¿Estáis de acuerdo con esa afirmación?

Deberías estarlo porque el orgullo eleva artificialmente, nos hace creer lo que no somos y nos aleja de los demás, y la humildad eleva moralmente, nos hace progresar más rápidamente y nos acerca al necesitado. El orgullo y la humildad son como el agua y el aceite, son incompatibles, o se es una cosa o la otra. Y cuanto más se es de una cosa, menos se es de la otra.

El orgullo hace que nos sintamos superiores y nos ofendamos por cualquier cosa, nos hace creer que la razón está de nuestra parte y el otro está equivocado, o tiene la culpa y nosotros somos inocentes.

Veamos que más nos dice, nuestro amigo:

Si Cristo prometió el reino de los cielos a los más pobres, fue porque los grandes de la tierra se figuran que los títulos y las riquezas son recompensas dadas a su mérito y que su esencia es más pura que la del pobre; creen que esto se les debe, y por lo mismo cuando Dios se las quita le acusan de injusto.”

Este tipo de pensamiento, el de superioridad por nacimiento o posición social, es debido, en parte, a la idea, presente en el Antiguo Testamento, de que Dios premia con abundantes bienes y numerosa descendencia a los que, supuestamente, se lo merecen y son mejores. Por eso mismo, no entienden cuando pierden esa posición social y económica, y preguntan ¿porqué a mi? Acaso no llueve igual sobre el bueno y el malo, el Sol no calienta por igual a unos y a otros sin hacer distinciones, porqué iba a ser diferente para ricos y pobres.

Lacordaire es muy expresivo, más que yo, y nos dice:

¡Oh irrisión y ceguera! ¿Acaso Dios hace distinción entre vosotros por el cuerpo? La envoltura del pobre, ¿no es igual a la del rico? ¿Ha hecho el Creador dos especies de hombres? Todo lo que Dios ha hecho es grande y sabio; no le atribuyáis las ideas que producen vuestros cerebros orgullosos."

Sigamos leyendo:

¡Oh rico! mientras tú duermes bajo tus artesonados dorados al abrigo del frío, ¡no sabes cuántos millares de hermanos, que valen tanto como tú, están echados en la paja! El desgraciado que sufre hambre, ¿no es, acaso, tu igual?”

Aquí, recuerda a los ricos que ¿como pueden dormir tranquilos, sabiendo que hay multitud de personas que pasan hambre y frío? Es un llamamiento para que despierten de su sueño voluntario, pero en vano porque aparece el orgullo.

Sigue diciendo.

A esta palabra tu orgullo se subleva, lo sé muy bien; tú consentirás en darle limosna, pero darle la mano y estrechársela, ¡nunca! "¡Qué dices! yo, de noble estirpe, grande de la tierra, ser igual a ese pordiosero andrajoso! ¡Vana utopía de los que se llaman filósofos! Si fuésemos iguales, ¿por qué Dios les hubiera colocado tan abajo y a mí tan alto?"

Vemos como el orgullo siempre está buscando excusas para evadirse de sus responsabilidades. Aquí le echa la culpa a Dios por no haber colocados a todos los hombres, y mujeres, en el mismo nivel.

Sigamos.

En verdad que vuestros vestidos no se parecen mucho, pero desnudos los dos, ¿qué diferencia habrá entre vosotros? Dirás que la nobleza de la sangre, pero la química no ha encontrado diferencia entre la sangre de un gran señor y la de un plebeyo, entre la del amo y la del esclavo. ¿Quién te ha dicho que tú mismo no fuiste un miserable y desgraciado como él? ¿Qué no has pedido limosna? ¿Que no la pedirás un día al mismo que desprecias hoy? ¿Acaso son eternas las riquezas? No acaban con el cuerpo, envoltura perecedera de tu espíritu?”

¿Qué os recuerda este pasaje? ¿No tenemos aquí la Ley de Reencarnación claramente expuesta? Nos dice que quizás en otra vida anterior no hemos sido tan agraciados por la diosa fortuna, y que quizás en vidas próximas, o en esta, podemos encontrarnos en la necesidad de pedir ayuda al mismo que hoy no valoramos como igual.

Y de nuevo hace un llamamiento al discernimiento a la introspección.

¡Oh!, vuelve a la humildad!, echa una mirada sobre la realidad de las cosas de este mundo, sobre lo que constituye tu grandeza y el abatimiento del otro; piensa que la muerte no te respetará más que a él, que tus títulos no te preservarán de ella, que puede herirte mañana, hoy, dentro de una hora, y si te sepultas con tu orgullo, ¡oh! entonces te compadezco, porque serás digno de piedad.

Cuidado con cultivar esa tara moral hasta el fin de nuestra existencia presente, ello traerá graves consecuencias para nuestro futuro como Espíritu.

Podríamos entender que la riqueza está reñida con la humildad. Pero no es así, la riqueza por si sola no es mala. Según el uso que le demos será buena o dañina, como todo lo que tenemos a nuestro alcance y a nuestro alrededor. Los bienes materiales no son malos en si mismo, son malos los usos que le demos y el apego que les tengamos. Siempre y cuando no nos inspire orgullo de superioridad y no nos limite nuestro desarrollo moral, todo irá bien.

La riqueza nos lleva a la tentación y a la fascinación, pero cuando está orientada por la humildad y regulada con criterio y moderación, se vuelve origen de un gran bien.

Tenemos un ejemplo reciente aparecido en la TV, el del barco de recreo "Astral" cuyo dueño cedió su uso a una ONG, para que lo dedicarán a rescatar a los migrantes que atraviesan el Mediterráneo en medios precarios, jugándose la vida, para entrar en Europa.

Veamos que más nos dice:

¡Orgullosos! ¿Qué erais vosotros antes de ser nobles y poderosos? Puede muy bien que fueseis más bajos que el último de vuestros criados. Doblad, pues, vuestras altivas frentes, que Dios puede humillar en el mismo momento que más las levantáis. Todos los hombres son iguales en la balanza Divina. Sólo las virtudes los distinguen a los ojos de Dios. Todos los espíritus son de una misma esencia y todos los cuerpos están amasados de una misma pasta; vuestros títulos y vuestros nombres en nada la alteran, quedan en la tumba, y no son ellos los que dan la felicidad prometida a los elegidos; la caridad y la humildad son sus títulos de nobleza.

De nuevo hace referencia a la reencarnación, y recuerda a los orgullosos que no son nada, todo lo que son se lo deben a Dios quien da y quita a quien le parece más conveniente, pudiendo cualquiera dejar de tener mañana lo que tanto le envanece hoy, su posición, su fortuna, sus títulos, el éxito. Que la Ley de la reencarnación los pone en esta existencia en una posición privilegiada, para luego en la siguiente rebajarlos a una posición más humilde, si no han hecho buen uso de las ventajas materiales de esta. Que todos somos iguales ante la Ley Divina, y ante la muerte física, que pone a cada uno en el sitio que le corresponde por sus méritos adquiridos con la práctica de la caridad y de la humildad.

Otras consecuencias del orgullo son los trastornos y peleas que provocan en la vida social, rivalidad entre clases sociales y pueblos, intrigas, odios, guerras, etc. Sin contar con las consecuencias personales que acarrea el Espíritu para su próxima vida espiritual, y próximas vidas terrenales. Consecuencias todas ellas negativas, dolorosas y penosas, que le acompañaran hasta que cambie de actitud ante la vida y se haga más humilde y caritativo.

Sobre este aspecto tenemos un mensaje edificante cuya autoría es del Espíritu de Caibar Schutel (1868-1938), divulgador espírita, político, farmacéutico e filantropo brasileño, y que se titula "La Hija del Orgullo", inserto en el libro "El Espíritu de Verdad", psicografiado por Chico Xavier y Waldo Vieira, el cual os voy a leer a continuación:

36 La Hija del Orgullo

Evangelio Según el Espiritismo. Cap. VII – Ítem 11

 

La susceptibilidad – hija del orgullo – empuja a la criatura a situarse por encima del bien de todos. Es la vanidad que se contrapone a los intereses generales.

Así, cuando el espírita se molesta, se juzga más importante que el Espiritismo y pretende ser mejor que la propia tarea libertadora en la que se consuela y esclarece.

La susceptibilidad genera prevención negativa, agravando problemas y acentuando dificultades, en vez de abolirlas. Esa alergia moral demuestra mala voluntad y transpira incoherencia, estableciendo molestias oscuras en los tejidos sutiles del alma.

Evitemos tal sensibilidad de porcelana, que no tiene razón de ser.

Basta ligera observación para encontrarla a cada paso:

Es el director cuya propuesta es rechazada y se siente desprestigiado, no compareciendo más a las asambleas.

Es el médium advertido de manera constructiva por el conductor de la sesión, en cuanto a la propia educación mediúmnica, y que se resiente, huyendo de las reuniones.

Es el comentarista amonestado fraternalmente para bajar el volumen de su voz y que se retrae en la inutilidad.

Es el colaborador de la revista que ve su artículo rechazado por la redacción y que se cree menospreciado, cesando su actividad en la imprenta.

Es la cooperadora en la asistencia social olvidada, en la celebración de su cumpleaños, y se muestra herida, cayendo en la indiferencia.

Es el servidor del templo que fue, cierta vez, preterido en la composición de la mesa orientadora de acción espiritual y se disgusta por sentirse de manera infantil injuriado.

Es el donante de alguna dádiva cuyo nombre fue omitido en las citaciones de agradecimiento y se encuentra dolido, eludiendo nuevas cooperaciones.

Es el padre amonestado por la profesora de las aulas de moral cristiana, con respecto al comportamiento de su hijo, y que, por eso, se molesta, cortando con la comparecencia de su retoño.

Es el joven aconsejado por el hermano maduro y que se enfada, rebelándose contra el aviso de la experiencia.

Es la persona que se siente desatendida al procurar al compañero de cuya cooperación está necesitado, en horario en que ese mismo compañero, a su vez, necesita trabajar para proveer a la propia subsistencia.

Es el amigo que no se siente satisfecho con la conducta del compañero, en la institución, y deserta, sublevado, englobando a todos los demás en franca reprobación, incapaz de reconocer que esa es la hora de auxilio más amplio.

El espírita que se niega al concurso fraterno solamente se perjudica a si mismo.

Debemos perdonar y olvidar si queremos colaborar y servir.

En rigor, bajo las bendiciones de la Doctrina Espírita, ¿quien puede decir que ayuda a alguien? Somos siempre auxiliados.

Nadie va a un templo doctrinario para dar, en principio. Todos nosotros acudimos, ante todo, para recibir, sean cuales sean las circunstancias.

Huyamos de la condición de sensitivas humanas, convencidos de que la honra reside en la tranquilidad de la conciencia, sustentada por el deber cumplido.

Con la humildad no hay susceptibilidad que empeora aquel que lo siente, sin mejorar a nadie.

Nos cabe escuchar la conciencia y seguirla, recordando que la susceptibilidad de alguien siempre surgirá en el camino, alguien que precisa de nuestras oraciones, aún siendo cortas y aparentemente innecesarias.

Y para terminar, mi hermano, imagínese un día a Jesús molestándose con nuestros incesantes desaciertos…”

Caibar Schutel

Lacordaire sigue más adelante con su mensaje.

Y todos vosotros, los que sufrís por la injusticia de los hombres, sed indulgentes con las faltas de vuestros hermanos, considerando que también las tenéis vosotros: esta es la caridad y también es la humildad. Si sufrís por las calumnias, doblad la frente bajo esta prueba. ¿Qué os importan las calumnias del mundo? Si vuestra conducta es pura, ¿acaso Dios no puede recompensaros? Sobrellevar con valor las humillaciones de los hombres, es ser humilde y reconocer que sólo Dios es grande y poderoso.”

Su mensaje es mucho más largo, y os recomiendo su lectura, pero nosotros aquí lo dejamos y concluimos.

El orgullo es la ceguera voluntaria del que no quiere ver más allá de su pequeño y egoísta yo, es un veneno que, inoculado en el alma por el egoísmo y la vanidad, destruye todo intento de acción meritoria.

La humildad es la virtud que hace a los hombres iguales y los eleva, moralmente, a los ojos de Dios.

J. Rodríguez

Fuentes:

Clases Sistematizadas Para El Estudio En Grupo Del Evangelio Según El Espiritismo. FEB

KARDEC, Allan. El Evangelio según el Espiritismo. Cap. VII, Ítem 11.

XAVIER, Francisco C. y VIEIRA, Waldo. El Hijo del Orgullo; mens. 36. El Espíritu de la Verdad. Dictado por el espíritu Cairbar Schutel.

 

HUmildad

Nuestro objetivo de hoy va a ser esclarecer en qué consiste el orgullo y la humildad, vamos a mostrar sus consecuencias y qué podemos hacer para eliminar esa tara y desarrollar esa virtud.

Y para ello vamos a estudiar una comunicación mediúmnica del Espíritu de Henri Lacordaire, titulada “Orgullo y humildad”, recibida el año 1863, en la ciudad de Constantina (Argelia), y que está incluida en el libro “El Evangelio según el Espiritismo”, cap." data-share-imageurl="">