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Pruebas Voluntarias - El Verdadero Cilicio

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Cilicio

Señoras y Señores, buenas tardes, después de este parón del mes de agosto, volvemos a reanudar nuestras tareas de divulgación, estudio y práctica de la doctrina espírita. Hoy vamos a seguir con el estudio del libro “El Evangelio según el Espiritismo” de Allan Kardec, en concreto el capítulo V, ítem 26, titulado “Pruebas Voluntarias - El Verdadero Cilicio”, se trata de un mensaje de un “Ángel Guardián” recibido a través de un médium, en París, en el año 1863.

Este mensaje nos esclarece sobre el verdadero cilicio que agrada a Dios, y es provechoso para nuestro progreso, alertándonos de la inutilidad de los martirios voluntarios y la consecuencia de los mismos en las personas que se someten a ellos.

Pero ¿qué es eso del “cilicio”? vamos a ver qué nos dice el Diccionario de la Real Academia Española:

cilicio

Del lat. cilicium 'tejido de cerdas de cabra de Cilicia'.

1. m. Faja de cerdas o de cadenillas de hierro con puntas, ceñida al cuerpo junto a la carne, que para mortificación usan algunas personas.

2. m. Saco o vestidura áspera que se usaba antiguamente para la penitencia.

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Así pues, vemos que en su primera acepción es un instrumento que se acopla al cuerpo para auto-martirizarse, auto-castigarse. Hoy en día, gracias a Dios, esa práctica ha caído en desuso.

Leamos el primer párrafo del mensaje que nos dice así:

Preguntáis si os es permitido aligerar vuestras propias pruebas; esta pregunta tiene relación con esta otra: Al que se ahoga, ¿le es permitido el que procure salvarse? Al que se clava una espina, ¿sacársela? Al que está enfermo, ¿llamar al médico? Las pruebas tienen por objeto ejercitar la inteligencia, del mismo modo que la paciencia y la resignación; un hombre puede nacer en una posición penosa y embarazosa, precisamente para obligarle a buscar los medios de vencer las dificultades. El mérito consiste en soportar sin murmurar las consecuencias de los males que no se pueden evitar, en perseverar en la lucha, en no desesperarse si no se sale bien del negocio; pero no en el abandono, que sería más bien pereza que virtud.

Esta pregunta ¿Podemos aliviar nuestros males? viene motivada por el pensamiento de que los males que nos acontecen son castigos divinos y, como tales, debemos sufrirlos sin hacer nada para aliviarlos, hasta sus últimas consecuencias, porque nos los hemos merecidos. Nos sentimos culpables. Somos como el niño que han pillado haciendo alguna travesura y es castigado a permanecer en su habitación, y que piensa que debe permanecer quietecito, sin moverse, ni hacer nada so pena de agravar aún más su castigo. Es un pensamiento infantil, no suficientemente madurado. Pensamos que con esa actitud pasiva y sumisa agradamos a Dios y nos hacemos merecedores de su perdón. Debemos obedecer sus designios, cierto, lo que nos ocurre no es por casualidad, pero podemos hacer más ligera esa prueba. En el caso del niño castigado si acepta con resignación y sosiego su situación, puede, por ejemplo, coger y leer un libro, jugar con sus juguetes, su Playstation, el ordenador, lo que hará su castigo más liviano y más corto. Sin embargo, si se deja llevar por su orgullo y se rebela con violencia contra la decisión de sus padres, no acepta con sumisión la punición, intentará escapar, romperá objetos, dará golpes, gritos, lo que agravará su situación con respecto a sus padres. Debemos pues hacer frente a las pruebas que nos alcanzan con paciencia, sosiego, calma, reflexionando en las posibles soluciones que tenemos a nuestro alcance y trabajar con ahínco en mejorar dicha situación.

Naturalmente esta pregunta conduce a esta otra. Puesto que Jesús dijo: "Bienaventurados los afligidos", ¿hay mérito en proporcionarse aflicciones agravando sus pruebas con sufrimientos voluntarios? A esto contestaré muy claro. Si hay un gran mérito cuando los sufrimientos y las privaciones tienen por objeto el bien del prójimo, porque es la caridad por el sacrificio; no, cuando no tienen otro objeto que uno mismo, porque eso es un egoísmo fanático. Aquí debe hacerse una gran distinción; en cuanto a vosotros, personalmente, contentáos con las pruebas que Dios os envía, y no aumentéis la carga, ya de por sí muy pesada a veces: aceptadlas sin murmurar y con fe; es todo lo que Él os pide. No debilitéis vuestro cuerpo con privaciones inútiles y maceraciones sin objeto porque tenéis necesidad de todas vuestras fuerzas para cumplir vuestra misión de trabajo en la tierra. Torturar y martirizar voluntariamente vuestro cuerpo, es contravenir a la ley de Dios, que os da los medios de sostenerle y fortificarle; debilitarlo sin necesidad, es un verdadero suicidio. Usad, pero no abuséis, tal es la ley; el abuso de las mejores cosas, lleva consigo mismo el castigo en sus consecuencias inevitables.

Esto nos recuerda otro pasaje del Evangelio de Jesús citado en Mateo, 5: 13 que nos dice así:

Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?” (Mateo, 5: 13)

Nos viene a decir que debemos de preservar nuestras fuerzas y no malgastarlas inútilmente con largos ayunos ni castigos innecesarios, sino que debemos mantenerlo sano y fuerte, para poder cumplir con la misión que hemos venido a cumplir en la Tierra.

Solemos atribuir a nuestro cuerpo la causa de nuestras caídas morales, lo hacemos culpable de nuestra tentaciones y entonces intentamos debilitarlo con ayunos y/o castigos corporales con el pretexto de evitar caer en las tentaciones. Hay algunos lugares en el mundo donde tiene como tradición, en ciertas festividades, martirizarse el cuerpo con flagelaciones, crucificciones, largas caminatas con los pies descalzos, de rodillas, arrastrándose por el suelo, pensando que con esos martirios voluntarios agradan a su Dios. Hay quienes cumplen una promesa hecha un su momento por la curación de un familiar o de si mismo.

El martirizar a nuestro cuerpo con ayunos o flagelos por este u otro motivo, es como si golpeáramos a nuestro coche porque hemos tenido un accidente, seguramente debido a nuestra mala conducción, haciéndolo culpable de dicho percance. Esto es una insensatez. Nuestro cuerpo es el vehículo que responde a las órdenes de nuestro Espíritu, por lo tanto el Espíritu es el conductor responsable de sus acciones, y si excede los límites de velocidad o comete cualquier otra infracción a la Ley y es pillado in fraganti por los agentes de la ley, deberá atenerse a las consecuencias y no buscar excusas vanas.

Muchos relacionan las enfermedades del cuerpo con disfunciones del mismo que son las causantes de dichas dolencias, sin darse cuenta que la mayoría de las veces las causas de los males que padecen están en su mala alimentación, en los excesos de todas clases, en sus pensamientos enfermizos. Tampoco se acuerdan que gracias a ese cuerpo que maldicen, Sócrates nos legó altísimas enseñanzas filosóficas a través del habla y posteriormente recopiladas por Platón, su discípulo, Miguel Ángel creó la Capilla Sixtina y otras bellísimas obras gracias al concurso de sus brazos y manos, todas las creaciones del hombre han sido posible mediante el concurso de su cuerpo. Sin duda las creaciones mentales tienen existencia propia, pero son como la música contenida en las partituras, necesitan de un intérprete y de instrumentos adecuados para que se puedan escuchar y apreciar, así las ideas y pensamientos del Espíritu necesitan del cuerpo físico para concretarse en el plano físico.

Y si por un casual estamos padeciendo alguna prueba difícil de sobrellevar, lo que tenemos que hacer es aceptarla con resignación, sin murmurar contra nuestra mala suerte ni contra Dios, con fe en el porvenir y trabajando por la mejora de la misma. Con esto basta, todo lo que exceda de ahí es innecesario, y va en contra de las leyes divinas que nos mandan preservar las fuerzas de nuestro cuerpo y no debilitarlo sin necesidad. Lo otro es un suicidio en diferido.

Otra cosa es con respecto a los sufrimientos que uno se impone para el alivio del prójimo. Si sufrís frío y hambre para calentar y alimentar al que tiene necesidad y por lo cual vuestro cuerpo padece, este es un sacrificio que Dios bendice. Vosotros, los que dejáis vuestros perfumados tocadores para ir a las infectas buhardillas a llevar el consuelo; vosotros, los que ensuciáis vuestras delicadas manos curando llagas; vosotros, los que os priváis del sueño para velar a la cabecera del enfermo que es vuestro hermano en Dios; vosotros en fin, los que gastáis vuestra salud en la práctica de las buenas obras, ya tenéis vuestro cilicio, verdadero cilicio de bendición, porque los goces del mundo no han secado vuestro corazón, no os habéis dormido en el seno de las voluptuosidades enervadoras de la fortuna, sino que os habéis hecho los ángeles consoladores de los pobres desheredados.

De nada sirven pues los sacrificios personales y voluntarios cuando persiguen debilitar y castigar nuestro organismo o satisfacer nuestra vanidad. Ahora bien, si estos sacrificios en nuestro bienestar personal, se hacen con la idea de mejorar nuestra salud o para ayudar mejor a nuestros semejantes necesitados, entonces si que son meritorios a los ojos de Dios y nos hacen mejores en nuestro camino hacia la perfección. Esto es practicar la caridad al prójimo por medio del sacrificio de nuestro reposo, de la merma de nuestra economía, de quitarnos caprichos innecesarios, de evitar los excesos en la cantidad o calidad de los alimentos. Es ofrecer un minuto de cariño, unos momentos al lado del necesitado, una visita al enfermo, un plato de comida al hambriento, ropa al desabrigado, una cesta de comida a un hogar carente, dar cobijo a las personas sin techo.

Haciendo todo esto estamos conquistando nuestro bienestar en la vida, la verdadera vida, la espiritual. Ya que:

Un minuto de cariño a los enfermos mentales enseña a preservar el propio juicio.

Unos momentos de servicio a los incapacitados físicos dan una preciosa lección de paciencia.

Una sencilla visita a enfermos en el hospital disminuye muchas ilusiones.

Cocinar un humilde plato para quien le cuesta subsistir, nos mueve a corregir los excesos en nuestra mesa.

Ayudar con recursos económicos a hogares carentes de lo indispensable inmuniza contra el acaparamiento de bienes materiales y contra el desperdicio de los mismos.

Arropar al que tiene frío auxilia a olvidar las extravagancias en nuestra vestimenta.

Amparar a los “sin techos” nos enseña a respetar el propio hogar.

Haciendo todo esto ayudamos a mejorar la vida del semejante y nos mejoramos a nosotros mismos.

Mas vosotros, los que os retiráis del mundo para evitar sus seducciones y vivir en el aislamiento ¿para qué servís en la tierra? ¿En dónde está vuestro valor en las pruebas, puesto que huís de la lucha y evitáis el combate?"

Muchos religiosos arguyen que el mundo es un pozo de tentaciones y crímenes, y se retiran a lugares aislados para entregarse a la vida meditativa, pero aún así no pueden evitar seguir en contacto con él ya que tienen que tomar de los alimentos y vestimentas que el mundo les ofrece.

Muchos escritores alegan que el mundo es un vasto arsenal de incomprensión y discordia, vicios y delincuencia, así y todo, es en el mundo donde recogen el precioso material para nutrir sus ideas que plasman en los libros que compran sus lectores.

Muchos predicadores claman que el mundo es un valle de malicia y perversidad, sin embargo es en el mundo donde adquieren los conocimientos que ornan su verbo y encuentran los oyentes que recogen respetuosamente su palabra.

Muchas personas dicen que el mundo es un antro de perdición en que las sombras del mal enseñorean la vida, entretanto, es en el mundo donde recibieron el regazo materno que les facultó para tomar el arado de la experiencia, y es en el mundo donde se nutren confortablemente para demandar planos evolutivos más altos.

El mundo, sin embargo, obra prima de la Creación, indiferente a las acusaciones gratuitas que le son despachadas, prosigue floreciendo y renovando, guiando el progreso y sustentando las esperanzas de la Humanidad.

Huir de trabajar y sufrir en el mundo, so pretexto de resguardar la virtud, es abrazar el egoísmo disfrazado de santidad.

El alumno diplomado en un curso superior no puede criticar la bisoñez de las mentes infantiles, reunidas en los curso primarios de la escuela.

Si queréis un cilicio, aplicadlo a vuestra alma y no a vuestro cuerpo; mortificad vuestro espíritu y no vuestra carne; azotad vuestro orgullo, recibid las humillaciones sin quejaros, martirizad vuestro amor propio; sed fuertes contra el dolor de la injuria y de la calumnia, más punzante que el dolor corporal. Ese es el verdadero cilicio cuyas heridas os serán tomadas en cuenta, porque atestiguarán vuestro valor y vuestra sumisión a la voluntad de Dios.(Un Ángel Guardián. París, 1863).

Los buenos son realmente buenos si amparan a los menos buenos.

Los sabios hacen justicia a la verdadera sabiduría si buscan disipar la niebla de la ignorancia.

El Espirita, en esencia, es el cristiano llamado a entender y auxiliar.

Demos pues al mundo aunque sea lo mínimo del máximo que recibimos de él, comprendiendo y sirviendo a los otros, sin atribuir al mundo los errores y desajustes que están en nosotros.

Conclusión:

Nuestras pruebas miran únicamente nuestro perfeccionamiento y no nuestro sufrimiento. Las pruebas voluntarias sólo tienen valor para nuestro progreso, cuando son procuradas en beneficio del prójimo. El verdadero cilicio consiste en los flagelos y martirios a que sometemos nuestro espíritu – esto sí, y no nuestro cuerpo – para combatir el orgullo y demás enfermedades que nos impiden la evolución.

J. Rodríguez

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Fuentes consultadas:

“El Evangelio según el Espiritismo” de Allan Kardec

“Nos e o Mundo”, cap. 12 de ”Livro da Esperança” de F. Cándido Xavier y Emmanuel (espíritu)

“Perante o Corpo”, cap. 12 de ”Livro da Esperança” de F. Cándido Xavier y Emmanuel (espíritu)

“Cilicios y Vida”, Cap. 44 de ”Opinión Espírita” de F. Cándido Xavier y Emmanuel (espíritu)