Causas Anteriores de las Aflicciones

Hombre tapándose la carra con las dos manos - Imagen de Małgorzata Tomczak en Pixabay
Información adicional sobre el podcast.
Fecha
12-05-2016
Duración
00:29:36
Tema
Categoría
Descripción

Causas Anteriores de las Aflicciones

Comentarios sobre el pasaje del libro El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec titulado Causas Anteriores de las Aflicciones.

Causas Anteriores de las Aflicciones

6. Pero si bien en esta vida existen males cuya causa principal es el hombre, hay otros a los que es ajeno por completo, al menos en apariencia, y que parecen afectarlo como por obra de la fatalidad. Son ellos, por ejemplo, la pérdida de los seres queridos y la de los que constituyen el sostén de la familia. También son los accidentes que ninguna previsión hubiera podido evitar; los reveses de fortuna que frustran todas las medidas de prudencia; las plagas naturales, las enfermedades de nacimiento, particularmente aquellas que quitan a tantos desdichados los medios de ganarse la vida con su trabajo: las deformidades, la idiotez, el cretinismo, etc.

Los que nacen en semejantes condiciones, seguramente no han hecho nada en esta vida para merecer, sin compensación alguna, una suerte tan triste, que no pudieron evitar, que están en la imposibilidad de cambiar por sí mismos y que los deja a merced de la conmiseración pública. ¿Por qué, pues, existen esos seres tan infortunados, mientras que a su lado, bajo un mismo techo y en la misma familia, hay otros favorecidos en todos los sentidos?

¿Qué diremos, por último, de esos niños que mueren en edad temprana, que no conocieron de la vida más que los padecimientos? Se trata de problemas que ninguna filosofía ha podido aún resolver, anomalías que ninguna religión ha podido justificar, y que serían la negación de la bondad, de la justicia y de la providencia de Dios, en la hipótesis de que el alma sea creada al mismo tiempo que el cuerpo, y que su suerte esté irremediablemente fijada después de una permanencia de algunos instantes en la Tierra. ¿Qué han hecho esas almas, que acaban de salir de las manos del Creador, para sufrir tantas miserias en este mundo, así como para merecer en el porvenir una recompensa o un castigo cualquiera, cuando no han podido hacer ni bien ni mal?

Con todo, en virtud del axioma según el cual todo efecto tiene una causa, esas miserias son efectos que deben tener una causa; y desde el momento en que admitimos la existencia de un Dios justo, esa causa también debe ser justa. Ahora bien, como la causa precede siempre al efecto, si aquella no está en la vida actual, debe ser anterior a esta vida, es decir, debe pertenecer a una existencia precedente. Por otra parte, como no es posible que Dios castigue a alguien por el bien que ha hecho ni por el mal que no ha hecho, si somos castigados, es porque hemos obrado mal. Si no hemos hecho el mal en esta vida, lo hicimos en otra. Nadie puede evadir esta alternativa, en la que la lógica determina de qué lado está la justicia de Dios.

Por consiguiente, el hombre no es castigado siempre, o completamente castigado, en su existencia presente, pero nunca escapa a las consecuencias de sus faltas. La prosperidad del malo sólo es momentánea, pues si no expía hoy, expiará mañana, mientras que el que sufre está expiando su pasado. La desgracia que en un principio parece inmerecida tiene, pues, su razón de ser, y el que sufre puede decir en todos los casos: “Perdóname, Señor, porque he pecado”.

7. Los padecimientos que se deben a causas anteriores suelen ser, al igual que los derivados de las faltas actuales, la consecuencia natural de las faltas cometidas. Esto significa que, por una justicia distributiva rigurosa, el hombre sufre lo que ha hecho sufrir a otros. Si ha sido duro e inhumano, podrá a su vez ser tratado con dureza e inhumanidad. Si ha sido orgulloso, podrá nacer en una condición humillante. Si ha sido avaro, egoísta, o ha hecho mal uso de su fortuna, podrá carecer de lo necesario. Si ha sido mal hijo, los suyos lo harán sufrir, etc.

Así se explican, mediante la pluralidad de las existencias y el destino de la Tierra como mundo expiatorio, las anomalías que presenta la distribución de la felicidad y de la desgracia entre los buenos y los malos en este mundo. Esas anomalías sólo existen en apariencia, porque se las considera solamente desde el punto de vista de la vida presente. No obstante, aquel que se eleve con el pensamiento, de modo de abarcar una serie de existencias, verá que a cada uno se le ha dado la parte que merece, sin perjuicio de la que le corresponderá en el mundo de los Espíritus, y descubrirá que la justicia de Dios nunca cesa.

El hombre jamás debe olvidar que se halla en un mundo inferior, en el que sólo lo retienen sus imperfecciones. Ante cada vicisitud debe decirse que, si perteneciera a un mundo más adelantado, no le sucedería eso, y que de él depende no volver más aquí, trabajando para su mejoramiento.

8. Las tribulaciones de la vida son impuestas a los Espíritus empedernidos, o bien a los Espíritus demasiado ignorantes, que no pueden hacer una elección con conocimiento de causa. En cambio, son elegidas libremente y aceptadas por los Espíritus arrepentidos, que quieren reparar el mal que han hecho y se proponen obrar mejor. Lo mismo sucede con el que ha desempeñado mal su tarea y solicita empezarla de nuevo, para no perder el beneficio de su trabajo. Por consiguiente, esas tribulaciones son, al mismo tiempo, expiaciones que castigan el pasado, y pruebas que preparan el porvenir. Demos gracias a Dios porque, en su bondad, concede al hombre la facultad de la reparación y no lo condena irremediablemente por una primera falta.

9. Con todo, no debe creerse que los padecimientos que se soportan en la Tierra son necesariamente el indicio de una falta determinada. A menudo son simples pruebas que el Espíritu elige para acabar su purificación y acelerar su adelanto. Así, la expiación sirve siempre de prueba, pero la prueba no siempre es una expiación. No obstante, tanto las pruebas como las expiaciones son siempre señales de una inferioridad relativa, porque quien es perfecto no tiene necesidad de ser puesto a prueba. Es posible, pues, que un Espíritu haya adquirido cierto grado de elevación y que, si quiere adelantar aún más, solicite una misión, una tarea que cumplir, por la que, en caso de que salga victorioso, será tanto más recompensado cuanto más penosa haya sido la lucha. Tales son, en especial, esas personas de instintos naturalmente buenos, de alma elevada, de nobles sentimientos innatos, que parece que no trajeron nada malo de sus existencias precedentes, y que sufren con resignación cristiana los más grandes dolores y sólo piden a Dios sobrellevarlos sin quejarse. Por el contrario, podemos considerar expiaciones las aflicciones que provocan quejas e impulsan al hombre a revelarse contra Dios.

El sufrimiento que no provoca quejas, sin duda puede ser una expiación, pero eso indica que ha sido escogida voluntariamente y no impuesta, y que constituye la prueba de una firme resolución, lo que es un signo de progreso.

Allan Kardec. El Evangelio según el Espiritismo. Cap. V, ítems 6 al 9.

Portada de El Evangelio según el Espiritismo

 

Utilizamos cookies para mejorar nuestros servicios y su experiencia como usuario.

Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información clicando en "más información"